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BOLIVIA

Bolivia, donde contaminar y destruir fuentes de agua es “ley” – Los Tiempos

Un estallido de violencia amenazó durante diez días al edificio de la Gobernación de Santa Cruz. Paulatinamente, desde el martes 4 de octubre, campesinos provenientes de 23 comunidades fueron masificando una vigilia y protestas en torno a dicha dependencia estatal. Ante la casi nula respuesta de las autoridades departamentales, la presión se incrementó. El viernes 7, los manifestantes rodearon el edificio y mantuvieron virtualmente secuestrados a los funcionarios durante más de tres horas. Cerca del anochecer las cabezas de ambas partes extremaron esfuerzos para evitar que se desate una gresca de proporciones entre comunarios y funcionarios.

La semana siguiente la tensión subió. Los comunarios sumaron más refuerzos que nuclearon manifestantes hasta de tres municipios. Paralelamente, hacia la Gobernación llegaron organizaciones autodenominadas “ecologistas”, “vecinos autoconvocados”, la Unión Juvenil Cruceñista y, según los campesinos, “grupos de palomillos (delincuentes de bagatela)”. La Policía desplegó decenas de patrullas y cientos de efectivos en la zona. Los conatos de violencia estuvieron en varias oportunidades a punto de desbordarse.  

Tras infructuosas reuniones entre comisiones legales, dirigentes y autoridades, los comunarios optaron por suspender la vigilia y convocaron a un cabildo en Porongo. Allí se irían a tomar nuevas determinaciones. Es el pleito por la superficie ubicada sobre los acuíferos que provén el 60 por ciento de agua al área metropolitana más grande de Bolivia. Una ley departamental (la 208) señala que busca proteger dicho recurso e impone diversas restricciones sobre las parcelas de los comunarios. La guerra de denuncias, análisis y documentos ha permitido visibilizar una maraña de intereses cruzados y de delitos ambientales que afectan especialmente al líquido elemento. 

“En este lío todos y nadie tienen la razón, y cada cual sus pecados -dice el ingeniero ambiental Juan Villarreal-. Por un lado, las hoy autoridades “ecologistas” no han movido un dedo para frenar el ecocidio inmobiliario. Un ecocidio que ha destruido ríos, el propio Piraí, afectado la zona de recarga de los acuíferos y arrasado el bosque en toda el área del Urubó. Por otra, los comunarios productores que se están dejando infiltrar por el partido de gobierno y haciendo tildar de ‘avasalladores’, en lugar de poner los justos puntos donde sean necesarios. Los quieren avasallar a ellos por los dos lados”.        
Lío generalizado  

El pleito irresuelto hasta el cierre de esta edición, resulta apenas uno más de los, probablemente, cientos de problemas cruceños con relación al agua. Uno más de los, presumiblemente, miles de problemas bolivianos ligados al líquido vital. Y, al parecer, no hay ley que valga para solucionarlos, pese a su creciente agravamiento y complejidad.   

   

Demasiada agua …sucia

Paradójicamente en los registros mundiales, Bolivia aún suele detentar ubicaciones privilegiadas en cuanto a la disponibilidad del considerado recurso estratégico más valioso del siglo XXI: el agua dulce. Es, por ejemplo, el único país que participa en las tres más importantes cuencas de Sudamérica: la del río de la Plata, la del lago Titicaca y la amazónica. Es, todavía, el país con mayor cantidad de humedales o sitios Ramsar del mundo, es decir, cuerpos de agua de importancia internacional por los servicios ecosistémicos que prestan. Bolivia, asimismo, clasifica en el puesto 19 del planeta en cuanto a reservas de agua dulce, es decir, lagunas, lagos, ríos y arroyos. Además, sobre su territorio, aunque debilitados, aún vuelan, los más caudalosos ríos aéreos del Cono Sur.

Todo ello se halla debidamente registrado por las diversas agencias de Naciones Unidas, como el PNUD, la FAO y el Pnuma. Pero semejante abundancia pareciera haber confundido a políticos y pobladores muy ajenos a la idea de preservar la calidad de las aguas y, al parecer, confiados en su eterna disponibilidad. La sombra de que el agua potable resulte un bien cada vez más caro en el país se agiganta segundo a segundo. De ello también dan fe indicadores internacionales, investigaciones académicas y hechos constatables a simple vista. 
Plusmarcas tóxicas

La tradición minera del país hizo olvidar un mal aparejado a aquella labor extractiva: la intoxicación de los ríos. No por nada, en Bolivia se halla uno de los 20 ríos más contaminados del mundo, el Huanuni. Así lo ha señalado el investigador del Centro de Información y Documentación Bolivia (Cedib), Jorge Campanini. Y basta una visita a la zona no sólo para darle la razón, sino para considerar relegado a este cuerpo de agua en aquella clasificación. 

“Es como una pesadilla -dice la activista del grupo CEPA, Lidia Guzmán-. A primera vista se observa un color plomizo casi plateado a ratos, se capta un olor penetrante. Los estudios que se han hecho señalan que tiene un PH de 2 a 2,5, es decir, es tremendamente ácido, por la carga de metales que ha recibido durante décadas. Y no sólo este río. El Huanuni y el Santa Fe, que vienen de minas, desembocan en el San Juan de Sora Sora, con toda su carga de metales. Es una tragedia de años y años, es un río, pero ya no de agua, sino de veneno, de muerte”.      

La historia del Huanuni y otros ríos cercanos a las minas orureñas se halla ligada a otra gran tragedia ambiental. Sus aguas llegaban hasta los lagos Uru Uru y el hoy extinto Poopó donde otrora se vivía de la pesca. No sobra recordar que se trataba del segundo lago más grande de Bolivia y el décimo de Latinoamérica. Tenía una extensión de 2.337 kilómetros cuadrados. Es decir, era 4,5 veces más grande que Santa Cruz de la Sierra y 1,6 veces mayor a Ciudad de México, por poner alguna referencia. Otro récord a la lista boliviana de pérdida de cuerpos de agua, en este caso por tozudos desvíos de sus afluentes, para usos agrícolas y mineros.
Otra laguna desaparecida

Como contrapunteo destructivo y contaminante, en el oriente boliviano también desapareció una laguna emblemática. La laguna Concepción dejó de existir a mediados de 2021. Tenía una extensión de 51,3 kilómetros cuadrados, el tamaño de la ciudad de Potosí. Estaba ubicada en el corazón del departamento de Santa Cruz, en pleno bosque seco chiquitano. Era sitio Ramsar porque prestaba notables servicios ambientales a nivel continental. Fue básicamente víctima de la deforestación y desvío de afluentes realizada por los empresarios menonitas de la soya. Además, mientras se iba secando, también recibió constantes cargas de agua con agrotóxicos.            

“También podemos decir que Bolivia es un país que está secando sus ríos aéreos -añade Villarreal- sólo en los últimos incendios, según la Fundación Tierra, se han perdido 802 hectáreas de bosque por día. Ese bosque es una fábrica de agua cuyo caudal hace ya más de 20 años estamos achicando espantosamente con la deforestación. Esa fábrica de agua genera los llamados ríos aéreos que alimentan ríos y acuíferos. Somos uno de los países que más deforestan en el mundo, por lo tanto, somos también exterminadores de ríos aéreos, de lluvias, de categoría mundial”. 

Los terceros a nivel planetario, para ser más exactos, sólo por detrás de Brasil y el Congo, respectivamente. Así lo afirmó ya en 2021 la plataforma de monitoreo de los bosques Global Forest Watch (GFW). El reporte de GFW señala que en Bolivia se perdieron más de 430 mil hectáreas de cobertura arbórea. De ese total, 277 mil hectáreas corresponden a bosque primario, es decir, bosques que mantenían su estado original, sin haber sido afectados por la acción humana. También señala que Bolivia desde el año 2000 deforestó 6,1 millones de hectáreas, es decir, el 9,5 por ciento de su cobertura arbórea. Y la cuenta, año a año, continúa. 
Grandes ríos envenenados   

En la Amazonía boliviana, por si no bastase la deforestación con sus consecuencias para la provisión de agua, otro factor se convirtió en marcada amenaza. No hay normativa o los responsables de cumplirla que frenen la descontrolada fiebre del oro que prima desde el norte paceño hasta la Chiquitanía. Aquella fiebre envenena los caudalosos ríos con mercurio. Se teme un desastre de proporciones también de repercusión internacional. 

Según un informe del Ministerio del Agua y Medioambiente del año 2014, en Bolivia se liberan, en promedio, en fuentes primarias o secundarias, 131,1 toneladas anuales de mercurio. Se han registrado importantes niveles de este metal en peces en cinco sitios fronterizos de noreste boliviano con Brasil. Este agente tóxico, causante de desastres ambientales y humanos como el de Minamata, proviene especialmente de las minas auríferas paceñas. Valga añadir que, de acuerdo a una reciente investigación del Cedib, Bolivia constituye el segundo importador mundial de mercurio. El mercurio es bioacumulable en los peces y luego en los humanos que los consumen. 
La fiebre inmobiliaria     

“En las tres cuencas se presentan casos de contaminación, algunos más críticos que otros —ha resumido Campanini—. Están generadas por actividades extractivas, especialmente la minería, también en algunos lugares puntuales por la explotación de hidrocarburos o por las fumigaciones de la agroindustria. El otro factor es la contaminación urbana o antrópica”. 

Así, otra fiebre, la fiebre inmobiliaria también atenta contra las aguas de los bolivianos. Ciudadelas satélite, ciudades intermedias y los grandes conurbanos de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz se asemejan a monstruos que depredan acuíferos y contaminan ríos. Valga citar en el primer caso un fenómeno donde coinciden, por ejemplo, el Plan 3.000 cruceño y Quillacollo. En cada caso, los servicios centrales de administración y dotación de agua no lograron cubrir la demanda. Por lo tanto, se multiplicaron pequeñas cooperativas y hasta iniciativas menores que se dedican a perforar pozos, sin mayores controles. 

Una investigación de Malkya Tudela para la Agencia de Cooperación Española señala que en el Plan 3000 con sus 350 mil habitantes funcionan dos cooperativas. Estas deben lidiar con cada vez más aguas contaminadas por pozos sépticos y residuos para extraer agua de áreas cada vez más profundas. En el caso de Quillacollo, un estudio de Juan E. Cabrera para la Universidad Privada de Bolivia, sostiene: “(…) Los exámenes de aguas subterráneas han podido verificar la existencia de coliformes totales, plomo, heces y otro tipo de contaminantes”. 

Mientras tanto, la Empresa Municipal de esta ciudad ha informado que de los 35 pozos que administra, “siete de ellos, reciben dosificación con pastillas de tricloro”. Han explicado que se busca evitar mayores daños a la salud. Ello pese a que el exceso de cloro también trae consecuencias para el ser humano. 
Ríos muertos

Bien conocida resulta la contaminación de ríos como el Choqueyapu, en La Paz, el Rocha en Cochabamba, el Guadalquivir en Tarija y la mayoría de los que cruzan las urbes de tierras altas. Según una investigación del Centro de Investigación en Ciencias Exactas e Ingenierías de la Universidad Católica Boliviana, de mayo de 2019, el Rocha estaba contaminado con 15 tipos de metales pesados y 37 tipos de pesticidas. Un trabajo similar de la Universidad Juan Misael Saracho, calificó el agua del Guadalquivir con categoría “D”. Ese grado lo ubica dentro de los que trasladan la peor calidad de agua existente. El Choqueyapu fue declarado “muerto” en 1997 en un trabajo de la empresa Samapa. 

Según datos de un informe de Swiss Contact de 2018, el 60 por ciento de las aguas del país no son tratadas y van directo a los afluentes de agua. Allí también se observa que “el 90 por ciento de los botaderos bolivianos son a cielo abierto y, de ese porcentaje, el 50 por ciento está cerca o en los mismos cuerpos de agua”. En otras palabras, para que la basura sea echada a los ríos. Por su parte, un informe de situación del Ministerio de Medioambiente y Agua del año 2020 establece que “de 219 plantas de tratamiento de aguas residuales inventariadas en Bolivia, 113 no funcionan de manera adecuada”.
La “ley” en Santa Cruz

Así, no resulta del todo sorpresivo el pleito que se ha desatado en Santa Cruz en los últimos días. La acelerada dinámica de urbanización de los últimos años rompió los límites de la capital cruceña y, cruzando el Piraí, se extendió hacia el municipio de Porongo e incluso más allá. Las autoridades departamentales han registrado 152 urbanizaciones si se suman las de Colpa Bélgica y Portachuelo. En casi un lustro, la fiebre inmobiliaria sobrepasó sin tregua límites municipales, pero a ritmo de cálculos de oferta y demanda.

Cosas del marketing, Urubó, el nombre que en un principio identificaba a alrededor de 4.800 hectáreas ribereñas, se expandió a más de 22 mil. En automóvil se las puede recorrer en tres jornadas a través de incontables avenidas, “dobles vías”, calles y carreteras que surcan los lotes. Pero también se las puede observar y medir desde el programa satelital Google Earth. Los perímetros superan los 15, 30 y hasta 65 kilómetros. Quienes urbanizaron arrasaron diversas extensiones de bosques, sabanas y dunas. Desde hoteles 5 estrellas, sin alcantarilla, hasta lagunas artificiales donde se enseña buceo fueron edificados en la zona. La mayoría de estas obras sobre los colosales acuíferos con los que la naturaleza bendijo a esta región. 

Extrañamente, ahora respaldan una campaña ecologista que busca frenar todo tipo de emprendimientos mayores en una zona habitada por fruticultores. “Si de agua se trata, en Bolivia la ley parece ser: ‘agua que no has de beber, contamínala’”, dice Villarroel.    
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