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BOLIVIA

Bolivia hermosa, ¿hasta cuándo? – La Razón (Bolivia)

Wednesday 31 Aug 2022 | Actualizado a 02:28 AM
Voces
Wednesday 31 Aug 2022 | Actualizado a 02:28 AM
Por Daniel Villarroel
/ 31 de agosto de 2022 / 02:28
El 7 de febrero de 2022, Salman Haqqi (personal finance editor) publicó en la página money.co.uk la lista de los 50 países que poseen la mayor belleza natural a nivel mundial (https://www.money.co.uk/loans/natural- beauty-report), entre los cuales se destacó a Bolivia, ocupando el puesto 32 en el ránking general y el sexto lugar entre los siete países sudamericanos. Sin lugar a dudas, esta noticia divulgada a nivel nacional por diversos medios de comunicación y redes sociales durante el mes patrio, fue un gran motivo de alegría y orgullo.
Personalmente, después de leer el titular de la noticia me pregunté: ¿por qué Bolivia ocupa esta posición en el ránking?, ¿será debido a la belleza escénica de sus paisajes naturales (salar de Uyuni, lago Titicaca, meseta de Huanchaca, Gran Pantanal, etc.)?, ¿la extraordinaria biodiversidad de la flora y la fauna que resguarda?, o ¿la diversidad de ecosistemas que recubren la región andina y las tierras bajas?
Debido a que los medios que difundieron la noticia en Bolivia no proporcionaban mayores detalles al respecto, o en algún sentido planteaban estos cuestionamientos como respuestas, decidí examinar el trabajo de Haqqi para comprender el detalle de los atributos y criterios empleados en la evaluación.
Como resultado, descubrí no solo que mis cuestionamientos estaban equivocados (Haqqi se basó en la relación de la cantidad/superficie de arrecifes de coral, líneas costeras, volcanes, montañas ultraprominentes, glaciares, áreas protegidas y bosques tropicales por cada 100.000 km2 de superficie), sino también que nuestra posición en el ránking internacional se encuentra bajo peligro/amenaza.
De los siete atributos evaluados en dicho trabajo, solo cinco están presentes en Bolivia, siendo las áreas protegidas (167) los bosques tropicales (530.454 km2) y los glaciares (5.044), con relación a los volcanes (1) y montañas ultraprominentes (15), los atributos más relevantes y por lo que nuestro país es considerado mundialmente hermoso (valores superiores a los obtenidos por Ecuador y Costa Rica); pero a su vez, también los atributos actualmente más amenazados o en peligro.
Por ejemplo, del total de áreas protegidas cuantificadas por Haqqi, en la actualidad, algunas solo existen figurativamente, pues están degradadas (ejemplo: laguna Alalay, Cochabamba), corresponden a áreas verdes dentro de las ciudades capitales (ejemplo: Parque Urbano Central, La Paz) o están siendo objeto de deforestación (ejemplo: laguna Concepción, Santa Cruz); al igual que otras áreas protegidas de carácter nacional, departamental o municipal, tal como lo indicó hace unos años la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierras (http://www.abt.gob.bo/images/stories/Transparencia/ InformesAnuales/memorias-2016 2017/Memoria_ Deforestacion_2016_2017_opt.pdf).
Así también, la cobertura de nuestros bosques tropicales ha disminuido constantemente. Entre 2001 y 2021 se estima que, en promedio, cada año la cobertura de bosques tropicales del país se ha reducido en aproximadamente 320.407 hectáreas (±174.389 ha), es decir que, durante los últimos 20 años, cada día se habría perdido cerca de 878 hectáreas (https://www.globalforestwatch.org/).
Finalmente, los glaciares, es un atributo que durante los últimos 50 años se ha reducido en más de la mitad como consecuencia del calentamiento global y el hollín de la quema de diésel y biomasa (http://www.bolivianmountains.org/).
Por tanto, de continuar bajo la tendencia histórica de la pérdida de estos atributos que nos han permitido ser parte del ránking mundial, ¿hasta cuándo podremos decir que tenemos las bellezas naturales más importantes del mundo?
Daniel Villarroel es subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la FAN.
Por Daniel Villarroel
/ 2 de marzo de 2022 / 02:50
Hace unos meses se estrenó la película No mires arriba (Don’t look up), la cual, para muchos resultó graciosa, para otros aburrida o sin sentido, y para unos cuantos, un punto de reflexión sobre los serios problemas ambientales que nuestra sociedad está soportando y sobre cómo la palabra de los científicos sobre los diversos descubrimientos, advertencias y/o posibles soluciones a diferentes problemáticas pueden pasar desapercibidas o ser olvidadas rápidamente producto de la influencia de las redes sociales o campañas de desinformación que obedecen a intereses o lineamientos políticos y económicos.
Podemos citar diversas analogías (recientes o pasadas) entre esta película y la constante degradación de nuestro medio ambiente (el meteorito que acabará con el planeta). Por ejemplo, en agosto de 2021, el Panel Internacional de Expertos sobre el Cambio Climático, IPCC, (conformado por científicos de todo el mundo) informó que, “a menos que las emisiones de gases de efecto invernadero se reduzcan de manera inmediata, rápida y a gran escala, limitar el incremento del calentamiento global a 1,5 ºC o incluso a 2º C en las próximas décadas será un objetivo inalcanzable”.
Esta advertencia, cuyos efectos por supuesto que también afectarán a Bolivia, aparentemente han pasado desapercibidos, tanto por el sistema público como privado, especialmente si consideramos que, en los últimos cinco años, el sector agropecuario ha generado la mayor proporción del Producto Interno Bruto del país (mayor al PIB generado por el sector petróleo crudo y gas natural y minerales metálicos y no metálicos); por lo cual, las proyecciones de la expansión de la frontera agrícola y ganadera es un hecho, tal como lo expresa el Plan de Desarrollo Económico Social 2021-2025. Sin embargo, bajo el escenario climático planteado por los científicos del IPCC, nos preguntamos, ¿valdrá la pena expandir las áreas de producción de este sector económico?
Esta interrogante puede responderse sola, pues basta remontarnos a diciembre de 2021 (además de otros eventos que históricamente suceden año tras año), cuando las inundaciones y granizadas afectaron grandes extensiones de producción agropecuaria en todo el país; pero, como regularmente ocurre, no queremos adquirir nuevas experiencias y hacemos caso omiso a la palabra de los entendidos en dicha materia que ya habrían advertido dicha situación (no queremos ver el meteorito cayendo).
Recientemente, una colonia menonita construyó un puente sobre uno de los pocos cuerpos de agua permanentes en la región del Gran Chaco, afectando, además, un humedal importante para la regulación climática de esta zona. Este puente, construido sin ningún tipo de autorización legal-ambiental (tiene como argumento el posible beneficio social para las comunidades guaraníes de la región) se constituye en una bomba de tiempo, pues, según el análisis de los expertos (estructural y ambiental), no reúne las condiciones adecuadas para su sostenibilidad a largo plazo; además que se convierte en la puerta de ingreso para la colonización de áreas donde el recurso agua es altamente escaso. Este tema ya está pasando desapercibido, y seguramente, volveremos a escuchar sobre el puente cuando suceda una catástrofe ambiental, tal como ocurre con las cuantiosas pérdidas producto de la sequía, inundaciones o granizadas. La amnesia colectiva es un mal que lastimosamente hemos estado sufriendo todos los bolivianos y bolivianas, aspecto que debemos cambiar, pues, como indica el IPCC, ambientalmente, estamos llegando a un punto de no retorno, y cuyas consecuencias, si no hacemos nada al respecto, lastimosamente las terminarán sufriendo nuestras futuras generaciones.
Daniel Villarroel es subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas, Fundación Amigos de la Naturaleza.
Por Daniel Villarroel
/ 9 de junio de 2021 / 02:58
De acuerdo con la Global Forest Watch (https://www.globalforestwatch.org/map/), entre 2000 y 2020, Bolivia perdió aproximadamente 6,2 millones de ha de cobertura vegetal natural (áreas con algún tipo de aprovechamiento que no modifica drásticamente su estructura, y áreas sin ningún tipo de aprovechamiento registrado), de las que el 49,6% correspondían a bosques primarios (áreas sin ningún tipo de aprovechamiento previamente registrado).
Históricamente, en este periodo, 2019 se constituye en el año con mayor pérdida de cobertura natural (860.000 ha) y primaria (290.000 ha), pues, para tener una idea del impacto, estos datos son equivalentes a la pérdida de 2.358 ha de cobertura natural por día, de las cuales 796 ha fueron bosques primarios.
Si bien en 2020, debido a las limitaciones causadas por la pandemia del COVID-19 y el contexto sociopolítico del país, la pérdida de la cobertura natural disminuyó en un 50% con relación a 2019 (432.000 ha), no deja de ser altamente impactante y preocupante, ya que este año fue cuando se registró la segunda pérdida de cobertura primaria más grande en los últimos 20 años (277.000 ha); pero además, al ingresar a zonas antes no exploradas, existe la posibilidad de abrir la caja de Pandora, tal como ya lo ha demostrado el coronavirus y previamente el arenavirus.
La reducción de la cobertura vegetal no solo implica la pérdida de nuestra biodiversidad, sino también la pérdida de los sumideros de carbono (principal mitigante de los efectos del calentamiento global) y la liberación masiva de Gases de Efecto Invernadero (GEI), lo cual en Bolivia durante los últimos 21 años superó los 2.685 millones de toneladas de CO2, por lo que, como país, solo para la gestión 2019, cada boliviano habría sido responsable por la liberación de 25 toneladas de CO2. La creciente pérdida de la biodiversidad y la reducción de los sumideros de carbono parecen ir contrarruta con relación a los compromisos de Bolivia ante la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC), así como con el cumplimiento de los objetivos y principios del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB).
Como ciudadanos sabemos y entendemos que la producción de alimentos es altamente relevante para alcanzar y mantener una buena calidad de vida, siendo un derecho de todos (artículo 16 de la Constitución Política del Estado). Sin embargo, ¿será que el actual modelo de desarrollo productivo de Bolivia coincide con el modelo del “Vivir Bien en equilibrio y armonía con la Madre Tierra”? El 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, se dio inicio al Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de Ecosistemas (2021-2030), teniendo como objetivo prevenir, detener y revertir la degradación de los ecosistemas en todos los continentes y océanos, de esta forma ayudar a erradicar la pobreza, combatir el cambio climático y prevenir una extinción masiva. Por tanto, esta es una oportunidad para que, como país podamos curar el daño que hemos causado a la Madre Tierra: #Reimagina #Recrea #Restaura #GeneraciónRestauración.
Daniel Villarroel es subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la FAN
Por Daniel Villarroel
/ 11 de noviembre de 2020 / 02:23
Orgullosos de su trabajo, aun cuando casi siempre pasan desapercibidos y su labor termina siendo el mérito de unos cuantos. Los guardaparques son y serán los verdaderos defensores de nuestra biodiversidad, los recursos naturales y los servicios ambientales que los ecosistemas generan para todos los habitantes del país.
Generalmente, la sociedad desconoce el trabajo que día a día realizan los guardaparques, o piensan que es una actividad laboral poco compleja de realizar. Sin embargo, su trabajo implica un gran esfuerzo y compromiso, pues, además de cuidar, fiscalizar y proteger la naturaleza las 24 horas del día y durante los 365 días del año, actúan como educadores ambientales, guías de turismo, veterinarios (fauna doméstica y silvestre), médicos, relacionadores comunitarios, manejadores de conflictos y como bomberos forestales, transformándose en figuras de alta importancia para las comunidades locales. Estos guardianes de la naturaleza se constituyen en verdaderos maestros, de los que muchos hemos tenido el privilegio de aprender a partir de sus experiencias de vida. Pese a que la mayoría no posee un título universitario, son elementos clave para el desarrollo de investigaciones científicas.
Por otro lado, en Bolivia o cualquier parte del mundo, ser guardaparque representa una de las actividades laborales más peligrosas, pues, armados con tan solo argumentos legales, pero con mucho valor, compromiso y convicción, frecuentemente se enfrentan cara a cara con cazadores furtivos, piratas de la madera y avasalladores de tierras, los que pese a portar armas de fuego no consiguen intimidar a los guardianes de la naturaleza. Así también, durante el trabajo de patrullaje, los guardaparques constantemente se arriesgan a contraer enfermedades como malaria, fiebre amarilla, hantavirus y leishmaniasis, entre otras.
Si consideramos la inversión pública del Estado a favor del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (Sernap) durante 2019, ésta fue presupuestada en torno a Bs 12 millones (Resolución Ministerial 370), que representa el 0,004% del Presupuesto General de la Nación para ese año, el cual superó los Bs 286.000 millones (Ley 1135). Asimismo, el Sernap solo recibe el 14% del valor destinado, por ejemplo, a cubrir los costos de Servicios Personales de la Cámara de Senadores, más de Bs 61 millones (https://web.senado.gob.bo/administrativa/presupuesto-institucional).
Es claro y notorio la importancia de dotar de mayor inversión a quienes promueven la conservación de la naturaleza, sin ellos, nuestros parques nacionales se encuentran totalmente desprotegidos y vulnerables a las amenazas constantes. En estos momentos, cuando nuevas autoridades llevarán adelante las riendas de nuestro país, es importante priorizar los recursos hacia la conservación del Patrimonio Natural, que brinden mejores condiciones a quienes se encuentran bosque adentro, muchos de ellos lejos de sus familias, cumpliendo una gran labor. Por tanto, merecidamente, y en conmemoración a una guardaparque que dio su vida por proteger nuestra fauna, cada 8 de noviembre se celebra el Día Nacional del Guardaparque Boliviano, al cual como sociedad civil debemos manifestar nuestro respeto y admiración por ser los guardianes y protectores de nuestra biodiversidad y recursos naturales.
Daniel Villarroel es subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la FAN.
Por Daniel Villarroel
/ 22 de julio de 2020 / 00:11
El Decreto Supremo 4232, promulgado en mayo de 2020 por el gobierno de turno, autorizó de manera excepcional al Comité Nacional de Bioseguridad el establecer procedimientos abreviados para la evaluación del maíz, caña de azúcar, algodón, trigo y soya genéticamente modificados en sus diferentes eventos, cuya producción sería destinada al abastecimiento del consumo interno y la exportación.
Esta posible introducción de los cinco nuevos eventos de organismos genéticamente modificados (OGM) en Bolivia, ha causado una serie de ásperos debates y discusiones entre los conservacionistas y los productores agrícolas, los cuales han manifestado diferentes argumentos a favor y/o en contra de los OGM.
Desde el punto de vista del sector agrícola, los transgénicos representan una oportunidad para incrementar la producción (usar menos agroquímicos y aumentar el rendimiento de la producción en las mismas áreas), con lo cual se podrá satisfacer la demanda de la población y además se conseguirá alcanzar precios que le permitan competir con el mercado internacional. Por otro lado, los conservacionistas indican que la introducción de los OGM impulsará la expansión de la frontera agrícola, y también advierten una serie de daños a la salud humana como consecuencia del consumo de dichos productos y la aplicación de agroquímicos.
Esta situación ha llevado a que la población en general comience a desarrollar un cierto rechazo por los OGM, tanto para la producción como para su consumo. Sin embargo, hoy resulta difícil no llegar a consumir al menos un producto transgénico como parte de nuestra alimentación diaria.
Debido a que todos los países que colindan con Bolivia ya se han embarcado desde hace años en la producción de transgénicos, esta situación tarde o temprano también ocurrirá en nuestro país. Por lo que, actualmente, más que solo batallar por impedir la introducción de OGM, se debe comenzar a generar estrategias que establezcan el uso adecuado de estos eventos, pudiendo inclusive sacarle partida en favor del medio ambiente. Por ejemplo, si los productores argumentan que los transgénicos les permitirán obtener un mayor rendimiento agrícola en una menor superficie de terreno, entonces, ¿cuánto más debemos de incrementar la frontera agrícola para lograr abastecer al consumo interno del país?
Daniel Villarroel es subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la FAN
Por Daniel Villarroel
/ 14 de octubre de 2019 / 23:40
Sin lugar a dudas, agosto y septiembre de 2019 han marcado un hito importante en la conciencia ciudadana sobre los impactos y la problemática ambiental producto de los incendios forestales. En Bolivia, hasta finales de septiembre se contabilizaron aproximadamente 5,3 millones de hectáreas de bosques y pastizales quemadas, las cuales representan el 4,8% del territorio nacional. Para la mayoría de los bolivianos, la magnitud que representa esta cifra es impactante, por lo que, de forma positiva, gradualmente se ha ido despertando un sentimiento colectivo de empatía sobre la naturaleza, el medio ambiente y los habitantes de las zonas afectadas.
Esta empatía colectiva se ha evidenciado de diversas formas, desde la donación de insumos y equipamiento para el combate de los incendios, hasta la movilización de voluntarios que valientemente arriesgaron su integridad física para aplacar las llamas. Estas iniciativas, lideradas por entidades públicas, privadas, organizaciones no gubernamentales y agrupaciones ciudadanas, entre otras, se han hecho públicas mediante los términos de “reforestación”, “arborización” y/o “restauración” de la Chiquitanía. Y para tal efecto se han impulsado campañas de donación y plantación de plantines, y recolección de semillas y su posterior dispersión mediante sobrevuelos, entre otras.
Si bien dichas campañas están relacionadas en cierta medida, los términos empleados tienen una conceptualización y una finalidad completamente diferente. Reforestar significa volver a introducir especies, en su mayoría arbóreas y nativas, dentro de las áreas sin cobertura vegetal. La arborización se refiere a la plantación de árboles nativos en zonas desprovistas de este tipo de vegetación. Entretanto, restauración es el proceso a través del cual se recupera gradualmente la vegetación, para que las áreas afectadas puedan recobrar sus atributos ecológicos y funcionales. Este último proceso puede ser natural (recuperación del mismo ecosistema) o asistido (con la ayuda del hombre).
Considerando que la Chiquitanía es un ecosistema ecológicamente frágil, la introducción de especies exóticas o la modificación drástica de sus estructuras poblacionales con la llegada de nuevas comunidades podrían degradar su biodiversidad natural a largo plazo en lugar de contribuir a su recuperación. Por ello, se debe garantizar que el remedio no resulte más trágico que la enfermedad. En este sentido, antes de encarar cualquiera de los procesos antes mencionados, se deberían evaluar los posibles impactos por tipo de vegetación. Esto permitirá establecer pautas para determinar cómo, cuándo y con qué especies podemos afrontar el gran desafío de mitigar los impactos de los incendios.
* Subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).
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