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BOLIVIA

La transformación digital… – La Razón (Bolivia)

Monday 19 Sep 2022 | Actualizado a 01:43 AM
Voces
Monday 19 Sep 2022 | Actualizado a 01:43 AM
Por Pablo Rossell Arce
/ 19 de septiembre de 2022 / 01:36
 …ya está acá. Por increíble que parezca para un país tradicionalmente calificado como “pobre” y “periférico”, por el solo hecho de contar con cobertura móvil en cada municipio del país y prácticamente una línea de celular per cápita, 6,9 millones de cuentas de Facebook, 10 millones de cuentas de WhatsApp (según Red Plan Bolivia), 1,5 millones de cuentas de Instagram, 3,7 millones de TikTok, etc.
Hay que prestar mucha atención al término “redes sociales”. O, más propiamente dicho, redes sociales digitales. La vida humana, prácticamente por definición, es vida social. Usted se levanta y antes de ir a trabajar/estudiar/buscar trabajo/o lo que sea, incluso si se queda en su casa, y si tiene un celular, lo más seguro es que se despierte con la alarma de su celular y ya que está ahí, se pone a ver sus redes sociales, las más de las veces esperando un golpe de dopamina tras otro, luego de una interacción digital con otras humanas/os.
El scrolling infinito no es otra cosa que la búsqueda —también infinita— de validación social, ya sea del post que usted cuelga o, si es más del tipo voyeurista, de las opiniones preconcebidas que usted ya tiene acerca del Gobierno, la sociedad, las relaciones de pareja o el trabajo.
Por otro lado, usted puede haber “guiado” al algoritmo de su red social de manera que le muestre contenido solo de lo que a usted le gusta: ¿es deportista? Habrá un video tras otro sobre deportes. ¿Es ingeniera? Habrá un post tras otro de mecánica, estructura, fórmulas, etc. ¿Está bregando con matemáticas? El algoritmo le pondrá una hilera de videos del afamado Cristian Apaza. Hay mucho contenido útil en las redes.
La transformación digital de nuestras vidas empieza con las redes sociales, como ya vimos, pero se extiende al resto de la vida: en este momento es inconcebible que un banco del sistema no tenga su página web y su app móvil, tal como es inconcebible —desde hace ya varias décadas— que los bancos no tengan cajeros automáticos.
La transformación digital en los negocios, pues. Pero no solo en las megaempresas (como los bancos), sino también en la tienda de empanadas del barrio: gracias al tiempo de pantalla que millones de consumidores destinan a sus redes sociales, la pastelería del barrio puede gastar una fracción de lo que el banco de antaño gastaba en publicidad y hacerse archiconocida subiendo contenido de calidad a las redes. Y si el producto es bueno, tendrá miles de comentarios positivos, su reputación crece y el negocio engorda.
Entonces entran en escena dos oficios que hace 10 años no existían: el de la community manager y el del especialista en marketing digital. Nuevas opciones laborales.
También encontramos nuevas opciones de generación de ingresos vía contenido de calidad en las redes sociales. Cuando Albertina Sacaca estaba en la primaria, jamás se hubiera imaginado que cobraría en dólares una suma —limpiamente ganada— de dinero por hacer un video de tres minutos y colgarlo en la red.
En un nivel más rústico, tenemos cientos de miles de comerciantes que gracias al Marketplace de Facebook han podido prescindir de una tienda física y ganaron su dinero intermediando productos gracias a esa plataforma.
Y ya que todos/as nos hemos metido, voluntariamente o involuntariamente a la transformación digital de nuestra vida social, la cosa es minimizar los riesgos y maximizar los beneficios.
Para ello, tenemos que salir de nuestra burbuja, darnos cuenta de que —queramos o no— somos parte de un mercado digital y que los servicios digitales realmente nos pueden resolver la vida. Por ejemplo, en el país de las colas y la doble fotocopia del carnet de identidad, ya podemos acceder a la ciudadanía digital, las más de 700.000 madres que cobran el bono Juana Azurduy ya pueden recibirlo en una cuenta bancaria. Pero el uso de estas herramientas es prácticamente marginal.
Lo que falta es desarrollar una transformación en las cabezas de los operadores, la lógica de servicio debe desarrollarse de una manera más amplia. Eso implica el cambio de decenas de hábitos, prácticas y creencias, desde los más altos niveles de decisión hasta los niveles más básicos de operación. No es a la fuerza, es logrando que el cambio “tenga sentido” —vale decir, que el cambio le haga sentir mejor a la gente. Gestión del cambio, me dicen que se llama. Válido para organizaciones y también para individuos.
Pablo Rossell Arce es economista.
Por Pablo Rossell Arce
/ 5 de septiembre de 2022 / 03:24
La CEPAL acaba de publicar el documento “Agregación de valor en la producción de compuestos de litio en la región del triángulo del litio”, en el que explora las potencialidades del área fronteriza entre Bolivia, Chile y Argentina, altamente rica en litio.
Como seguramente conocen mis más asiduas lectoras y lectores, el litio es un mineral clave para fines de lo que se denomina la “transición energética”, que pretende superar la dependencia humana de fuentes fósiles de energía.
En una anterior ocasión señalé las evidentes limitaciones de correr hacia una transición de esta naturaleza, sin medir los desbalances que se generan en términos de la intensificación extractivista de minerales para los nuevos materiales requeridos para dicha transición y señalé la pertinencia de equilibrar la matriz energética global, incluyendo el uso de energía nuclear.
Como quiera que sea, también indiqué que nuestro país goza de una posición única en el momento actual, pues contamos con hidrocarburos —gas—, potencialmente tendríamos uranio —se ha creado un viceministerio para evaluar nuestra situación real— y somos la “Arabia Saudita” del litio. Es decir, estamos participando en todas las fases pre y postransición energética.
Esta posición única puede ser altamente rentable a condición de que juguemos bien nuestras cartas. Para dar luces acerca del contexto, es pertinente revisar lo que nos dice la CEPAL en relación al potencial trinacional para la explotación de litio.
El litio es un mineral clave para la transición energética gracias a que su rol — también clave, valga la redundancia— en la producción de baterías de alto nivel de almacenamiento de energía para automóviles eléctricos.
El documento de la CEPAL empieza señalando que, mientras el consenso de proyecciones de demanda hacia 2030 está alrededor de los 2,5 millones de toneladas, la oferta potencialmente sería de apenas algo más de 2 millones.
Vale decir, que solo siendo muy optimistas podríamos decir que este mercado entrará en equilibrio en el futuro cercano. Ventaja para nosotros y amenaza al mismo tiempo, pues la CEPAL advierte que esta brecha y los altos precios que de ella se derivan, implica un incentivo para el desarrollo de alternativas.
El análisis de la CEPAL está lleno de datos y detalles técnicos y económicos para cada uno de los países, describiendo de una manera muy didáctica el contexto y las particularidades de cada caso, incluyendo un repaso de los diferentes marcos normativos e impositivos que juegan un rol importante a la hora de hacer una evaluación económica de los proyectos de explotación e industrialización.
Una advertencia importante que se repite a lo largo del análisis es la del sentido de urgencia de tomar acciones para aprovechar la ola ascendente de precios. Por un lado, la CEPAL señala que el periodo de maduración de los proyectos de explotación e industrialización de litio es muy largo y en ese sentido, la Argentina lleva una importante ventaja a Chile y Bolivia porque ha arrancado con varios años de anticipación versus sus vecinos.
Por otro lado, la capacidad de la China para instalar plantas industriales es muy elevada y la velocidad de ejecución es muy alta también. Este factor, unido al hecho de que se encuentra geográficamente más cerca de Australia —el mayor productor de litio— podría jugar en contra del posicionamiento de nuestra región, para la elaboración de productos de litio.
En esa misma línea viene la advertencia de que a partir de 2030 el mundo tendrá una mayor capacidad de reciclaje del litio de las baterías usadas y eso implica una menor demanda de litio “fresco”.
La principal recomendación del estudio de la CEPAL —más allá de intensificar el sentido de urgencia— va orientado a establecer alianzas con empresas de países que ya tengan recorrido un camino más largo en el tema. Nuestro gobierno tiene ya avances en esa materia y —de momento— se sabe que son seis las empresas que están siendo evaluadas para entrar en una asociación con el Estado para el aprovechamiento integral del litio boliviano. Confiemos en recibir noticias pronto.
Pablo Rossell Arce es economista.
Por Pablo Rossell Arce
/ 22 de agosto de 2022 / 00:46
Por donde usted la vea, estamos viviendo tiempos de transición. Hacia dónde va esa transición es materia de debate. Cada cambio de ciclo abre un abanico enorme de posibilidades. Pero de que la transición está, no hay duda.
Por ejemplo, uno de los síntomas de esta transición es el declive del dólar como divisa de reserva de los bancos centrales del mundo. Mientras que a inicios del siglo la moneda estadounidense representaba el 70% de las reservas de los bancos centrales del mundo, hacia 2021 esta proporción bajó hasta el 59%.
Una canasta de “otras divisas”, entre las que se encuentran el dólar australiano, el dólar canadiense, el franco suizo y el yuan chino, han visto subir su participación en las reservas mundiales.
Por otro lado, pese a la crisis de cotizaciones de las criptomonedas —que hace pocas semanas causó una hecatombe en el mercado de criptoactivos—, el bitcoin todavía mantiene un valor de capitalización muy elevado, de alrededor de $us 440.000 millones, cifra que nada nos dice a menos que sepamos que es equivalente al PIB de Noruega… lo que aún nos dice poco si no sabemos que Noruega representa el 0,5% del PIB mundial. Vale decir, que una moneda digital, descentralizada, que no tiene otro respaldo que un complejo sistema de problemas matemáticos y algoritmos, tiene ese peso en la economía mundial.
Pero ocurre que desde 1971, cuando los Estados Unidos abandonaron el patrón oro, el dólar no tiene otro respaldo que la capacidad productiva de la que aún es hoy la primera potencia económica del mundo. Sin embargo, el poderío económico de los Estados Unidos ha ido disminuyendo en las últimas décadas y eso necesariamente se ha reflejado en el poderío de su propia moneda.
Esta tendencia no debería llevarnos a la equivocada conclusión de que el oro, el yuan chino o el bitcoin van a reemplazar al dólar mañana. No. Pero incluso al interior del Fondo Monetario Internacional (FMI) circula ya la discusión acerca de un futuro sistema monetario internacional multilateral.
El dinero, visto desde el lado de sus funciones, es una reserva de valor —guardamos nuestros ahorros en billetes—, una unidad de medida —refleja los precios— y un medio de pago. Esta última es la más importante función del dinero: representa un poder de compra. O sea, que es un tipo de energía (poder) que tiene la capacidad de adquirir cosas.
Y esto es relevante para el diseño de un ( futuro) orden monetario multilateral, pues en función del poder de compra del dinero, se podrían reorganizar las canastas de divisas de las reservas de los bancos centrales.
Me explico: en este momento, la China es un socio comercial para América Latina de equivalente importancia a la de los Estados Unidos. Hace tan solo 20 años, la importancia comercial de la China para la región no era ni el 5% de aquella de los Estados Unidos.
Desde este punto de vista, es totalmente funcional que América Latina empiece a acumular reservas en yuanes; finalmente, es la moneda en la que se produce una enorme proporción de sus importaciones, y evitaría el uso de una moneda intermediaria. Este tránsito puede tardar, pues requiere un volumen de liquidez en yuanes muy superior al actual. Pero la posibilidad existe.
De momento, no se puede conocer hasta dónde llevarán al mundo las actuales tendencias —aparentemente caóticas— de reorganización de la economía mundial, ni es posible determinar si dichas tendencias tomen años, lustros o décadas. Mientras tanto, el espacio de posibilidades para lograr un equilibrio, que sea más funcional que el de la actual realidad que estamos viviendo, se mantiene como una realidad potencial.
Pablo Rossell Arce es economista.
Por Pablo Rossell Arce
/ 8 de agosto de 2022 / 00:33
Desde hace ya varios lustros, el mundo se ha metido (y con razón) en una lógica de transición de uso de energía, con la intención de despegarse de las energías “sucias” —carbón, petróleo, gas—, que son causantes de los gases invernadero, el deterioro de la capa de ozono y, por ende, del calentamiento global.
La transición energética implica que como humanidad usemos más energías renovables: hidroeléctricas, eólica, solar —para mencionar solo las más relevantes—, pues su uso no implica la emisión de contaminantes. Este es el beneficio más tangible que se puede obtener de la transición energética; es un beneficio incuestionable.
Y como todo en la vida, la transición energética tiene costos que es necesario incorporar en la ecuación para, al menos, estimar el balance que quedará como resultado de esta tendencia que, al día de hoy, es irrefrenable.
Los costos más visibles son aquellos relacionados con la verdadera capacidad de las energías limpias para sustituir a las energías “sucias”: en primer lugar, hay que considerar la densidad energética de cada una de las fuentes presentes en el abanico de opciones actuales; en segundo lugar, tenemos que considerar la tasa interna de retorno de cada fuente de energía; y, en tercer lugar, el impacto ambiental derivado de los nuevos materiales y nuevas infraestructuras requeridas para la generación masiva de energías limpias.
Se llama densidad energética al ratio de energía producida por superficie requerida para producir dicha cantidad de energía. Por ejemplo, nos dice la experta en mercados y energía Lyn Alden, que una planta nuclear puede producir enormes cantidades de energía en superficies comparativamente muy pequeñas, lo mismo ocurre con la energía proveniente del carbón. Al otro lado de este abanico está, por ejemplo, la energía solar, que requiere de grandes extensiones de terreno para generar proporcionalmente menos energía que las fuentes más densas, nos explica Alden.
La tasa interna de retorno energético mide el ratio de cuánta energía se obtiene de una fuente determinada a lo largo de su vida útil, versus cuánta energía se debe invertir para obtener dicha producción. En otras palabras, de nuevo según Alden, se requiere cierta cantidad de energía para extraer petróleo de un pozo petrolero, pero la cantidad de energía que dicho pozo provee es muchísimas veces superior a la cantidad invertida en su puesta en marcha.
Daniel Weissbach realizó un estudio en 2013, Intensidades energéticas, tasa de retorno energética y períodos de repago de plantas de generación de energía. Como nota aclaratoria, el título es mi libre traducción, pues no cuento con una versión en español de dicho artículo. El estudio refleja que la tasa de retorno energética de la energía nuclear es 25 veces mayor a la de la energía solar; que la tasa de retorno del carbón es tres veces mayor a la energía eólica. La energía hidroeléctrica queda en una muy buena situación, pues su tasa de retorno es mayor a la del carbón en un 20%. Las plantas de ciclo combinado tienen una tasa de retorno que se sitúa al medio de la mejor (nuclear) y la peor (solar), con un resultado apenas inferior al del carbón
Por otro lado, la enorme demanda de nuevos materiales para la transición energética implica una gran demanda por nuevos tipos de minerales, como las tierras raras y otros. Se prevé que la demanda de níquel, aluminio, fósforo, hierro, cobre y litio —entre otros minerales— se multiplique por 10 o más veces hasta 2030, lo cual tendrá un impacto directo sobre sus precios.
Como boliviano, no puedo menos que estar optimista gracias a que nuestro territorio cuenta con recursos para proveer de casi todo tipo de energía; en hidrocarburos tenemos el gas, que es la menos contaminante, pero también tenemos eólica, hidroeléctrica y, además, contamos con litio. Si se confirman las sospechas del Gobierno, que hace muy poco creó el Viceministerio de Minerales Tecnológicos para investigar la existencia de uranio y tierras raras, cubrimos todo el abanico posible de energías. Sumado a ello, contamos con la mayor reserva de litio.
Ninguna transición es pura, y la transición energética no lo será. La humanidad tendrá un gran avance si al menos las energías nuevas van desplazando al carbón, que representa algo más de un tercio de la energía total que consumimos. De ahí para arriba, seguramente iremos sustituyendo el petróleo, etc. Bolivia está posicionada como para participar en todo el abanico. Es un reto y una oportunidad.
Pablo Rossell Arce es economista.
Por Pablo Rossell Arce
/ 25 de julio de 2022 / 00:08
Se dice que en 2006 Clive Humby, uno de los primeros científicos de datos de la historia dijo: “Los datos son el nuevo petróleo”. Humby se refería al valor del análisis de datos en gran escala para la toma de decisiones de gestión empresarial y gestión pública. Evidentemente, el análisis de datos y la gestión del big data han cobrado una enorme importancia en un mundo interconectado e informatizado.
Pero las computadoras, centros de datos, centros de transmisión y todos los aparatos que se necesitan para el análisis de datos siguen funcionando con energía proveniente de hidrocarburos —50% de la oferta mundial— y carbón —20% de la oferta mundial—. Básicamente el 70% de nuestra energía la proveen fuentes fósiles, algunas menos limpias (como el carbón) y otras más limpias (como el gas natural).
El petróleo y los energéticos en general son indispensables para prácticamente cualquier proceso de producción y consumo, de ahí que su rentabilidad ha sido alta y estable desde que humanos y humanas masificamos su uso.
El precio del petróleo ha tocado su punto más bajo de la historia durante la primera ola de la pandemia, en 2020, cuando llegó a cotizarse en valores negativos. Ahora nos enfrentamos con la perspectiva de que el barril de petróleo se cotice entre los $us 110 y 90 en el futuro previsible.
La invasión de Rusia a Ucrania ha generado una crisis alimentaria y energética que ha tocado inicialmente a Europa, pero se ha propagado inmediatamente al resto del planeta, mediante los mecanismos de las bolsas de commodities mundiales.
La combinación de crisis de combustibles y crisis energética, que se refleja inmediatamente en los índices de inflación no solo es un problema que afecta a las cifras macro; primero que nada, afecta a la gente. Cualquier gobernante entiende que una caída del nivel de bienestar se traduce —claramente— en un incremento del malestar social y esto deriva en conflictividad.
Sri Lanka es el ejemplo extremo, fruto de un combo de políticas desacertadas en materia económica y agrícola. El resultado final fue que la gente terminó sin alimentos y sin combustible, echando a sus gobernantes de sus palacios y esperando una solución. Mi hipótesis es que esa solución no debería tardar mucho, pues hoy en día Sri Lanka es un problema de seguridad nacional para India y China.
Acá en el vecindario las protestas no se dejaron esperar; Ecuador, Perú y Panamá sufrieron largas olas de conflictos y sus gobiernos —no importa si populistas o no— terminaron apagando los conflictos regulando los precios de los combustibles.
El Salvador ha congelado los precios hasta agosto, Colombia tiene su fondo de estabilización para controlar los precios de la gasolina (además del establecimiento de precios diferenciados por región).
Europa, por su lado, tiene sus propias medidas: dado que el espectacular incremento del petróleo ha dejado beneficios extraordinarios a las energéticas, la tendencia en el viejo continente es la de aplicarles impuestos extraordinarios a las empresas que se han visto beneficiadas de los súbitos incrementos de precios, que se han trasladado a los consumidores —hogares y negocios— y a quienes les ha afectado en sus gastos cotidianos. El consenso europeo es el de compartir entre todos el impacto de la subida de los hidrocarburos.
Era obvio que los impactos de la pandemia exigirían políticas divergentes del consenso de las primeras décadas del siglo XXI; el mundo está en un periodo de transición hacia lo desconocido. Esa transición implica cambios y modificaciones que seguramente tendrán ajustes más o menos significativos. El FMI, al inicio de la pandemia, bajó la línea de aceptar instrumentos nuevos e imaginativos.
Incluso un medio tan poco sospechoso de simpatías con cualquier tipo de populismo como The Economist advierte en un artículo reciente (https://www.economist.com/international/ 2022/06/23/costly-food-and-energy-arefostering- global-unrest) que la inflación en combustibles y alimentos tiene el potencial de encender conflictos sociales en todo el mundo. No hay recetas, estamos ante una época de heterodoxias.
Pablo Rossell Arce es economista.
Por Pablo Rossell Arce
/ 11 de julio de 2022 / 00:29
El desarrollo del internet ha llevado a la automatización y la informatización de la vida y de las actividades cotidianas a niveles que hace pocos años eran apenas sueños que habitaban en las mentes más imaginativas.
Recuerdo vívidamente, hace unos 30 años, cuando los sistemas de sonido soundblaster le añadían espectacularidad a los juegos por computadora que circulaban en ese entonces, con figuras animadas vistosas y coloridas, pero de una calidad muy distante a la de hoy, que un amigo especialista en estos temas me dijo que “el multimedia todavía está en pañales”.
Unos años después, un reportaje de televisión mostraba cómo en “el futuro” se generarían personajes computarizados a los que incluso se les vería el detalle de las hebras del cabello. Ese “futuro” llegó hace años y actualmente ya no son tan comunes los personajes de dibujos animados “bidimensionales” de mi infancia; ahora son figuras impresionantemente realistas.
Pero más allá de los avances en efectos visuales y auditivos, me interesa dedicar lo que queda de mi columna a los avances en inteligencia artificial y cómo ésta puede introducirse en distintas facetas de la vida cotidiana.
Por ejemplo, para las primeras fases del negocio existen sitios web con aplicaciones de inteligencia artificial (IA) que ayudan a diseñar el logotipo y la imagen de marca de un emprendimiento. Más adelante, cuando la clientela crezca, también se puede acudir a herramientas de IA para gestión de atención de clientes. Incluso se cuenta con herramientas de IA para la gestión de compras del negocio.
Si el negocio ya cuenta con presencia en las redes sociales, hay herramientas de IA para medir el impacto “emocional” de los contenidos posteados. Y si se trata de hablar de presencia en las calles, se ha desarrollado deep fake —simulaciones de rostros humanos que generan expresiones diseñadas científicamente para captar la atención de la gente y contar con más altas probabilidades de que lean los anuncios.
Muchos de estos desarrollos todavía no están presentes de manera masiva, pero ya van marcándose algunas tendencias del uso de estas herramientas, especialmente en el marketing.
Para estudiantes hay todo un abanico de herramientas, desde las que colaboran para preparar textos y ensayos más creativos, pasando por aquellas que generan imágenes y animaciones basadas en simples descripciones escritas, hasta las que realizan transcripciones de las grabaciones de las clases, para quienes tienen flojera de teclear.
La medicina y la telemedicina ya cuentan con herramientas de IA que colaboran en el diagnóstico por imágenes.
La gestión urbana puede verse beneficiada con soluciones de IA que permiten controlar el tráfico y las infracciones, y existen desarrollos más discutibles —por el riesgo de sesgar en contra de poblaciones específicas—, de control y prevención del crimen.
Por supuesto que todos estos servicios tienen un costo. Incluso si son gratuitos, lo mínimo que exigen es una inscripción mediante cuenta de correo electrónico. Usualmente esta membresía habilita los servicios básicos, que son bastante limitados. La membresía pagada habilita los servicios más sofisticados, pero puede que al final del día incluso habilitando el pago el resultado sea razonablemente barato.
Los procesos de automatización, innovación y aplicación de tecnologías informáticas están muy por encima de la imaginación del público y de las autoridades en nuestro país. Por un lado, esto exige más alfabetización digital e incluso yo diría posalfabetización digital, porque las innovaciones no cesan de avanzar y mientras tengamos internet, estaremos expuestos a todos los desarrollos que lleguen de fuera. En muchos casos, esto implica analizar nuevas modalidades de ejercicio de derechos y, por lo tanto, regulación.
Por otro lado, desarrollar la curiosidad y las ganas de aprender o auto-aprender están al alcance de cualquiera que tenga acceso y un mínimo de conocimiento del mundo de internet.
Pablo Rossell Arce es economista.
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