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BOLIVIA

Los orígenes de la industria en Bolivia – Pagina Siete

Aquel sábado, Hugo contempló su imagen en el espejo, se alisó el cabello, siempre peinado a la izquierda, reordenó por décima vez el saco oscuro, la corbata con puntitos blancos que le traía suerte, el reloj en el bolsillo. Estaba listo para acudir a la cita. Cada detalle había sido minuciosamente reflexionado durante años y los planes daban continuidad a tres lustros de organización institucional.
Era 28 de febrero de 1931, la fecha escogida para rubricar en un acta notariada la meta que todos habían acordado: alentar y modernizar la industrialización de Bolivia.
¿Qué podía fallar?
Contempló el jardín florecido de la amplia casona de campo en Obrajes, donde la familia descansaba los fines de semana. Desde los ventanales de la glorieta miró los cerros azulados, mientras escuchaba el golpetear del río, abajo, donde terminaba la arboleda. Al final, las hermosas montañas rojas que habían fascinado a su padre hacía medio siglo. Los dos habían trabajado incansablemente hasta llegar a este momento. Suspiró. Su esposa Elena, paciente, lo contemplaba; ella también sabía la importancia de ese día.
Ella, como las compañeras de otros industriales, conocía de cerca el esfuerzo cotidiano para sacar adelante una empresa en un país que ofrecía al mismo tiempo muchas oportunidades y tantas incertidumbres, tantos obstáculos.
Hugo Ernst Rivera escogió esa mañana para la fundación de la “Cámara de Fomento Industrial”. No estaba solo. Como él, otros bolivianos hijos de forasteros, paceños y varios miembros de las colonias extranjeras estaban de acuerdo con unir las fuerzas para avanzar en la consolidación de la industrialización del país y convertir un territorio dependiente de productos peruanos, argentinos, europeos, en un país autosuficiente. Eran casi medio centenar de pioneros comprometidos con el objetivo de industrializar la patria que los vio nacer o que habían adoptado por voluntad propia.
El proyecto era muy ambicioso. Todos lo sabían. ¿Podría algún día la sociedad que querían fundar, cumplir 25, 50, 90 años? Era demasiado soñar, una fantasía. Pero ningún sueño se cumple, ninguna fantasía se hace realidad sin dar el primer paso, sin arriesgar.
Miró la hora, faltaban pocos minutos. Aunque era sábado, era un día laboral y además era el día de ventas en los mercados populares, las ferias con todos los productos que llegaban del Altiplano, de los valles, del trópico. Poco a poco también los primeros productos fabricados competían con las ofertas tradicionales: embutidos de cerdo, conservas de verduras, sodas, cervezas, galletas, pastas, panes, cereales embolsados…
Tenía que calcular el tiempo. Ni su padre Ludwig ni él fueron nunca impuntuales. Era parte de la marca de la nueva era, de la diferencia con los antiguos artesanos, de la conquista de un mundo acelerado, donde cada minuto se contaba en producción.
No tardaría mucho en recorrer los 10 kilómetros que lo separaban del centro de La Paz, donde se reunirían todos. La Cámara de Comercio, a la cual pertenecían originalmente los industriales, con su experiencia de más de tres décadas, les había cedido un ambiente para la cita. Los pocos automóviles recorrían tranquilos la calzada que subía de la villa de Obrajes, pasaba por San Jorge y seguía por la avenida Arce hasta la antigua Alameda, la avenida 16 de Julio.
Quizá Dante Salvietti preferiría ir en el moderno tranvía, que desde 1913 unía Obrajes hasta el corazón de La Paz. Tenía la ventaja de vivir en la parada de ese transporte público, pulcro, cómodo y seguro. Era casi su vecino pues su casa estaba a cinco cuadras, en la esquina de la plaza Roma, en la misma zona de huertas y chacarillas. Ahí reunía todos los domingos a decenas de comensales para probar la pasta casera de la lejana Italia, jugar sapo y más tarde jugar cacho disfrutando del vino que él mismo preparaba con las cepas de la huerta.
El tranvía lo llevaba hasta cerca de su moderna fábrica en la populosa zona del Calvario, en la calle Calama, arriba de la plaza Riosinho. Él rellenaba las botellas inglesas que importaba con una de las fórmulas más enigmáticas de la época: la Papaya Salvietti y escuchaba en silencio los muchos mitos sobre los enanitos en la etiqueta, aquella preciosura pintada por su hermano Ruggero.
Salvietti estaba entusiasmado con la idea de fundar una asociación de apoyo mutuo y convenció a otros italianos que también tenían fábricas en La Paz, y con los que también fundaría el Círculo Italiano. Entre los más importantes, sin duda, estaba el Lanificio Boliviano, de Domingo Soligno, que se ubicaba en el otro extremo de la urbe, en pleno barrio de Achachicala, donde se consolidaba la zona industrial alrededor de la avenida Chacaltaya, las calles Constitución, la Omasuyos. Al frente, cruzando la calle, desde la Estación Central hasta el naciente bosquecillo de Pura Pura, asomaban aún tímidas las primeras villas donde preferían morar los obreros y los artesanos.
Los Catorretti, de la fábrica de tejidos de punto, también habían asegurado su participación. Otros emprendimientos italianos estarían representados en la cita: la moderna fábrica de casimires Forno, la fábrica de jabones La Genovesa, el Frigorífico Ítaloboliviano. La mayoría de los paisanos que habían llegado como él, casi por azar o por el llamado de una familia amiga, de algún pariente, estaban contentos con los resultados económicos de sus negocios y querían unir esfuerzos y propuestas.
Antes de salir, Hugo Ernst también pensó en Jorge Stege. Él tenía que tomar más previsiones porque ese día la calle Max Paredes, donde tenía su fábrica y su casa, rebalsaba con los mayoristas que traían las papas de Araca y los choclos de Río Abajo. Era el mes de las lluvias y también la temporada con más ofertas en verduras y frutas.
También en las fincas de la familia Ernst Rivera maduraban las uvas, los duraznos, las peritas y los damascos. En Achacachi estaba la más importante, la más querida, donde Hugo tenía planes de industrializar la producción agropecuaria. Quería completar las cadenas de producción para convertir los alimentos en conservas, para mejorar la producción lechera, para lograr mayores rendimientos en las cosechas de papas y cebada.
Habían escogido el sábado 28 de febrero, el último día del mes más corto del año. No era supersticioso, pero le alegraba leer en su Almanaque Bristol que ese día Saturno y Venus estaban en conjunción con la constelación Sagitario y era luna creciente, la fase lunar que más le gustaba: crecer. Siempre había sido su línea de vida, crecer, sumar, avanzar, caminar.
El sol brillaba desde temprano. Por lo menos hasta la tarde no se anunciaban aguaceros y no era necesario sacar el paraguas. La luminosidad de la montaña vigía de los paceños, el Illimani, se sumaba al ambiente de gozo y de satisfacción que acompañaba sus pensamientos, y también su corazón, desde que despertó, desde el desayuno con ese cafecito yungueño que tanto apreciaba. También el café estaba en los planes de los industriales, había que mejorar las formas rústicas de tiempos pasados.
Bajó las escaleras. Se despidió de su mujer y de sus hijos con un beso más formal que cariñoso y esperó el vehículo, tranquilo y sereno. Nada podía fallar. La reunión oficial estaba marcada para las cinco de la tarde; antes intercambiarían criterios entre los interesados, entre ellos una mujer aguerrida: María Maldonado, la cochabambina que impulsó la fábrica de gaseosas en la zona de San Pedro en La Paz.
Repasó algunos nombres: Juan Yarur, dueño –junto con los hermanos Said– de la flamante y más ambiciosa de las textileras que funcionaba en la zona norte y que dominaba gran parte de las actividades sociales en su entorno. Eran parte de la comunidad de árabes, sobre todo palestinos, libaneses y turcos que expandían sus negocios y factorías en varias ciudades bolivianas. Juan, con su experiencia en crear empresas en Oruro y en La Paz, estaba entre los primeros industriales comprometidos con la creación de una sociedad que una a todos, sin ninguna restricción de origen o de religión; seguramente sería parte del futuro directorio.
Simón Francisco Bedoya era parte del comité organizador; anunció con entusiasmo su firma a nombre de la Fábrica de Estuco. Arturo Posnasky volvería ese fin de semana de sus excavaciones en las ruinas de Tiahuanaco para rubricar el acta a nombre de su fábrica de cerámicas.
Ernst estaba seguro de que era una buena idea incluir entre los fundadores a los representantes de las más modernas imprentas de la prensa paceña: El Diario, de la familia Carrasco, decano de los periódicos bolivianos, y La Razón, de la familia de mineros Aramayo de Tupiza, representada por Hugo Cafiero.
La ciudad cambiaba a ritmo acelerado. En 1917, la alcaldía paceña inauguró la plaza Abaroa, primero como un “campo de marte”, después como un lugar de encuentro moderno para el paseo de las señoritas y caballeros de Sopocachi. Fue un acierto la compra del amplio terreno entre las calles Pedro Salazar y Belisario Salinas. Aunque algunos pensaban que era una precaria frontera con las chacras que subían hacia el Parque Forestal y hasta Llojeta, él sabía que pronto sería un barrio residencial.
Quizá nunca imaginó que la enorme casona que mandó a construir con los nuevos estilos centroeuropeos y estadounidenses que reemplazaban a las casonas coloniales de balcón y patios, sería habitada luego por la familia apenas por unos meses. Quedó marcada durante décadas como la residencia oficial de la embajada de Estados Unidos. Después sería la sede del poder electoral boliviano.
Tenía terrenos en varios lugares del floreciente Sopocachi, el barrio símbolo de la nueva Sede de Gobierno. Estaba la hermosa residencia de patios y jardines; en la avenida Arce, cerca de la Universidad Mayor de San Andrés, estaba la más habitada, la preferida por su estilo moderno y sus comodidades en servicios, y la casa de la Rosendo Gutiérrez en plena esquina con la 20 de Octubre.
La más hermosa de todas era la casona en la calle Aspiazu, entre la ya bulliciosa 6 de Agosto y la 20 de Octubre, el límite entre los barrios residenciales, el centro administrativo y bancario, y los barrios obreros, hacia el este, hacia el norte. Esas cuadras eran un ejemplo del acelerado cambio del rostro paceño.
Eran sus vecinos la familia del presidente Ismael Montes y la del empresario Gerardo Velasco Pérez, hermano de Lucio Pérez Velasco. Más arriba estaba la casa del patricio paceño Enrique García Pacheco, donde vivía con sus hijos y su esposa. Enrique García Iturralde, apenas con 26 años, era otro entusiasta para fomentar la unión de los industriales, de los empresarios. También él tendría su cita histórica en la consolidación de la agrupación boliviana de fomento industrial, desde su inicial puesto de secretario hasta llegar a ser su presidente.
Los Ernst, como otros industriales de esa época dorada, querían también invertir en mejorar la arquitectura citadina, el confort en las viviendas, los jardines con enredaderas y palmeras, los amplios porches en el ingreso, los vestíbulos elegantes y los amplios ventanales.
El edificio de piedra que se conocía como La Maltería, construido en el antiguo barrio de indios, San Sebastián, al inicio de la moderna avenida Montes, era un ejemplo de los nuevos tiempos. La sólida estructura contrastaba con las envejecidas casonas coloniales y complementaba las nuevas casas que se construían con los nuevos estilos: el modernista, el expresionista, el Jugendstil, el Bauhaus y también el Art déco. Edificios sencillos, funcionales, libres de ornamentos innecesarios pero llenos de personalidad eran también el nuevo rostro de la acelerada industrialización en los años del Centenario de la República.
Tantos sueños. Todas esas imágenes se agolpaban en su retina mientras recorría las cuadras hasta la sede de los empresarios.
Este texto pertenece al primer capítulo del libro Noventa años de historia de la Cámra Nacional de Industrias, de José Alejandro Peres Cajías y Lupe Cajías que se presentará este martes 18 de octubre en un acto especial organizado por la CNI.

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