Connect with us

BOLIVIA

Ocho escenas y media – La Razón (Bolivia)

Sunday 30 Oct 2022 | Actualizado a 00:04 AM
Sunday 30 Oct 2022 | Actualizado a 00:04 AM
Ocho escenas y media con Paolo Agazzi
El cineasta Paolo Agazzi
Por Ricardo Bajo H.
/ 30 de octubre de 2022 / 00:02
El cineasta repasa su vida y obra. Su primer nacimiento en un pueblito italiano, su segundo nacimiento en Bolivia, sus películas, sus amigos, sus nostalgias, sus proyectos
Ocho escenas y media con Paolo Agazzi. No es un director en crisis creativa, atrapado en una trancadera (esto es un guiño cinéfilo).
Tiene tres guiones listos: uno sobre Elizardo Pérez y Avelino Siñani; otro titulado Zapatero a tus zapatos, la historia de un feminicida encarcelado; y un “thriller” con un teniente del Ejército republicano español, robo en Potosí y pena de muerte.
También sueña con hacer la segunda temporada de la serie Sigo siendo el rey (en 2017 se estrenó la primera con 13 capítulos).
Probablemente, confiesa entre sonrisas, que no termine haciendo ninguno de los cuatro.
¿Qué puerta se abrirá?
Le digo que “la” película sobre la ciudad de El Alto está por hacerse.
LEA TAMBIÉN
Mi Socio, un integrante más de la morenada Transporte Pesado
Paolo Agazzi con el equipo de rodaje de la película ‘Chuquiago’ en 1977
Junto a Antonio Eguino y Pedro Susz
Agazzi en una fotografía con la Paz de fondo
Algunos reconocimientos a la carrera de Agazzi
En su oficina, Agazzi guarda los lauros que ha recibido en su carrera
“Luchar y no tener miedo, para todo hay que luchar”. La charla —en dos sesiones matinales de tres horas en su oficina junto al mercado Sopocachi— termina con esa frase.
Ha empezado hablando de Ocho y medio (Otto e mezzo). El crítico de cine Pietro Bianchi, el Pequeño Sócrates, pone por las nubes a la octava película y media de Federico Fellini.
“El diablo destapó la olla” es la frase que recuerda todavía hoy Paolo Agazzi Sacchini. Hace poco ha vuelto a ver la película y no ha sido lo mismo.
El único embrujo que persiste se llama Claudia Cardinale: “qué cosa tan bella, la musa”.
El director de Mi socio ha visto la película en Milán, donde estudia cine. Su primera sala, sin embargo, ha sido la parroquia de su pueblo, Motta Baluffi.
El chango Paolo ve ahí en banquetas corridas de las hermanas Paulinas sus primeras comedias y sus primeros “western”.
¡En 16 milímetros! En Cremona, la ciudad cercana a su pueblo, conoce la primera sala de cine de verdad. Debuta con otra del oeste, Redoble de tambores.
El género marca su carrera, las películas tienen que tener indios rebeldes. Luego llega Sergio Leone. “Una de las mejores películas del oeste la tuvo que hacer un italiano”.
Habla de Hasta que llegó su hora/C’era una volta il West (1968). Paolo comienza a narrar el plano de secuencia final donde el personaje de Claudia Cardinale, la viuda, lleva agua a los obreros del ferrocarril.
Cuando termina, arranca de nuevo: “Te voy a contar una anécdota…”.
Así empiezan todas sus historias, desordenadas, con nombres que se olvidan y se recuerdan al tiro, son “flashbacks” en estado puro.
Agazzi admira mucho a sus padres. Tiene un dolor en el pecho, no estuvo en Italia para despedirlos (tampoco para la muerte de su hermana).
Su padre (Renato) y su madre (Rosina) sacaron a sus dos hijos adelante desde el campo, desde un país destruido tras la Segunda Guerra Mundial.
El ambiente rural de los valles cochabambinos (donde rodó varias de sus películas, entre ellas El día que murió el silencio) le hacen recuerdo a su pueblito natal.
“Ese tiempo de la vida, la siembra, la cosecha, el descanso, las fiestas, los animales, el mundo alrededor del maíz”.
Cuando sale a Cremona y luego a Milán, se avergüenza por ser del campo.
Hoy la nostalgia le lleva de vuelta al pequeño viñedo, al riachuelo donde pescaba, a los viajes a la montaña alpina.
Los ríos del Beni le hacen recuerdo a aquel río Po, que hoy se seca.
El servicio militar cerca de Roma cambia su carácter, se vuelve autoritario, le gusta dar órdenes. Junto a sus estudios de contabilidad, formarán al productor que hoy es.
En el Ejército, llega a ser comandante de artillería, sección misiles antiaéreos.
Antes tiene una novia, de nombre Luana. Existe incluso un compromiso formal entre las familias pero una botella mal abierta en Navidad arruina los planes de aquella “ragazza”. 
En la escuela de cine de Milán (la Civica Scuola di Cinema) ve películas del “nuevo cine latinoamericano”.
Todavía no sabe que Bolivia lo atrapará por siempre, pero queda fascinado por las cintas de Jorge Sanjinés, especialmente Yawar Mallku.
La RAI (la radiotelevisión pública italiana) ha coproducido El coraje del pueblo. Bolivia era la Bolivia del Che y la de Sanjinés. Su tesis versa sobre la importancia específica del montaje.
Tiene a la par de sus estudios cinematográficos, un buen trabajo en una multinacional gringa.
Ha salido de la carrera de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad Estatal de Milán donde se ha politizado/concienciado.
Parece que va a cumplir el sueño de ser contador, el sueño de sus padres (a los que todavía no admira tanto). El hijo de campesino/obrero, a la universidad.
Entonces, se toma un año sabático, parte a México de mochilero con dos amigas. Baja hasta Lima. Cuando está por subir de nuevo, se cruza una mejor idea, Cusco.
Un amigo, un pintor boliviano en Milán llamado Pedro Portugal, sugiere: “Bolivia está a la vueltita”.
Todo estará siempre a la vueltita. En el tren Cusco-Puno, le roban todo. A través de un contacto, llega a la casa de Marina Azcárraga en el barrio de San Pedro.
Ve al Tigre por primera vez, en el Lastra de Sopocachi, de la mano de doña Marina, santo y seña del club The Strongest.
Conoce a Eguino, a Cacho Soria, a Luis Espinal, a Pedro Susz… Ha dejado una platita tentadora en Lima.
Pero piensa: “¡qué interesante es Bolivia!, ¡qué compleja es, no complicada, compleja”. México se pierde en la niebla.
Escribe una carta para sus padres. “No voy a volver por el momento”.
La carta la llevan sus dos amigas. El “por el momento” dura (hasta ahora): 45 años. Y lo que te rondaré, morena.
De Antonio Eguino aprende el oficio del cine, del Cacho Soria a trabajar en equipo y mirar el país siempre desde una óptica social. 
En 1977 es asistente de dirección de Chuquiago de Eguino. Le gusta trabajar con niños.
A Espinal lo conoce en una muestra de cine argentino en el Scala sobre la calle Ayacucho (ahora es otra iglesia evangélica).
“El Padre, Lucho, era cortés, amable, multifacético, con un buen sentido del humor”. Agazzi repite la frase otra vez: te voy a contar una anécdota.
“Espinal daba clases de cine en la Extensión Universitaria de la UMSA, dos veces por semana, venían incluso alumnos que no estaban en los talleres.
Cuando por la actividad periodística, reduce a un solo día a la semana, los estudiantes le reclaman: deje ese periódico, usted está amenazado de muerte.
Y el Padre responde: solo muerto me van a sacar de Aquí”.
Tres días después Luis Espinal Camps es asesinado, cuando vuelve a su casa un viernes por la noche después de ver la película de rigor en el cine 6 de Agosto.
Los asesinos de ayer nos deben aún la crítica de cine de Los desalmados,  un “western” mexicano con malos muy malos y buenos muy buenos.
Su primer cortometraje titula Hilario Condori, campesino (1981). Gana un premio en Finlandia.
El segundo corto es Abriendo brecha (1984) sobre la zafra de algodón en Santa Cruz. Lo declaran “persona non grata”.
Los camiones de algodón son descargados por  militares y eso molesta a las élites. También gana un premio en Leipzig (República Democrática de Alemana, RDA).
Filma la primera parte de Mi socio. Lo hace con la mejor productora del país, que también hace foto fija: la alemana Ute Gumz.
Y con la plata de un caballero: don Guillermo Wiener, el amo del (Cine) Universo.
Es “adoptado” por una mamá boliviana de gran corazón, doña Maruja. Rueda Los hermanos Cartagena (1984). Admira el cine político de Sanjinés y el “cine posible” de Eguino.
Quiere hacer una película política. Se acuerda de sus estudios en Italia, de su tío partisano cantando “Bella Ciao”.
Hoy cree que la primera parte de la película estuvo lograda, la segunda, no.
“Hay que tener un distanciamiento con la historia, metí mis propios relatos de la dictadura.”
Un crítico dijo que las escenas eran ridículas pero todas las reuniones clandestinas de la COB eran ridículas”, exclama Agazzi, renegando todavía.
Estos dos “largos” los termina en Cinecittá (tres mil películas, 47 Óscar). Es un sueño cumplido.
Ha tenido que luchar harto para llegar a la Meca del cine en Europa. Todos los caminos conducen Roma. Para todo hay que luchar, ¿recuerdan?
Habitación de hotel en Madrid. Años noventa. Agazzi está en España para traer series españolas para la televisión boliviana.
Ya ha traído Twin Peaks. Encerrado, está viendo El halcón maltés en la tele.
Se le terminan los puchos, fuma casi dos cajetillas al día (siempre Big Ben). Baja a por tabaco. Solo hay Ducados.
“¿Y si dejo de fumar?”. Hasta hoy. Sube y cuando ve a Bogart fumando haciendo de Sam Spade (el detective de Dashiell Hammett), no se antoja más.
Nunca más. ¿Retrata esta anécdota el espíritu de Agazzi? Tal vez.
El presidente Jaime Paz Zamora le concede la ciudadanía boliviana honoraria.
Son cuatro los agraciados: el inolvidable Lorenzo Carriquiriborde (periodista deportivo argentino).
Un cura jesuita del San Calixto (de cuyo nombre Agazzi no se acuerda); el presidente del Automóbil Club Boliviano, el piloto Belisario Benzi, y el susodicho.
Son los años que está enganchado a la televisión. Es un pionero de la pequeña pantalla.
Volverá al cine con El día que murió el silencio ( 1998) con guion a cuatro manos junto al entrañable Guillermo Gordo Aguirre.
Para el rol protagónico piensa en Pato Hoffman, el boliviano que ha hecho de “Dreamer” en Gerónimo, una leyenda americana (1993), otro “western”.
Luego se cruza una propuesta doble: Ricardo Darín y/o Darío Grandinetti. Elige al segundo, lo ha visto en más películas.
¿Te imaginas a Darín caminando por las calles de Totora?
En la película aprovecha para homenajear al querido Cacho Soria en el papel del escritor interpretado por el colombiano Gustavo Angarita.
Grandinetti se queda impresionado tras el plano secuencia de la capilla por las habilidades actorales de Jorge Ortiz.
Agazzi cree en el horóscopo. “Parece una estupidez”.
Con el peruano Salvador del Solar, uno de los protagonistas de El atraco, comparte nacimiento bajo el signo de Tauro.
“El carácter ayuda mucho”. ¿Sirve esto para captar la esencia de Agazzi? Tal vez.
Tauro es un signo de tierra. Son firmes, constantes, decididos, pragmáticos, con una enorme fuerza de voluntad.
Necesitan, pero, sentirse seguros. Tienen mal genio y buen humor. Agazzi hace después Sena Quina.
Él también ha caído en el “cuento del tío”. Comienza una colaboración/amistad fructífera con Juan Pablo, “Piñas”, Piñeiro.
A estas alturas, cree que Bolivia ha cambiado muchísimo después de aquella década vertiginosa de sus inicios.
Todavía piensa en esas dos palabras que le dijeron unas amigas italianas que le visitaron tras el estreno de Chuquiago: “pobreza sublime”.
Agazzi es “rossonero”; sangre roja y negra. En la secundaria, un “compañerito” es hincha empedernido del A.C. Milan. Se contagia y enloquece.
Son los años 70. Nereo Rocco entrena a los “rossoneri”, es el inventor del “catenaccio”.
Rocco justifica su modelo de juego defensivo (con un líbero) y su apuesta por el contragolpe en la desventaja física —supuesta— de los italianos, a consecuencia de la postguerra.
Juegan en aquella escuadra mítica que enamora los Gianni Rivera, Cesare Maldini, Trapattoni, Pivatelli, Amarildo… Pierden la Intercontinental contra el Santos de Pelé.
Del fútbol le gusta que es un deporte colectivo, que prevalece siempre el equipo, como en el cine.
Cuando llegan los holandeses al Milan de Arrigo Sachi a finales de los 80, el hechizo nace por segunda vez. Van Basten y Ruud Gullit hinchan de orgullo su pecho.
Me imagino a Paolo Agazzi dirigiendo y produciendo películas como Franco Baresi, el zaguero central que se adelantó al futuro, oficial de la retaguardia, la columna de San Siro, el líbero por excelencia. “El más grande fue Gianni Rivera”. El primer italiano en ganar el Balón de Oro, el “Bambino de Oro”. De la ausencia de Italia en el inminente Mundial de Qatar, es mejor no hablar.
Agazzi no se pierde un partido por la tele de su Milan amado y añorado. Con la años y la distancia, su afición se afianza. Me pasa a mí lo mismo con el Athletic Club.
La nostalgia también patea pelota. Es la misma pócima mágica que ha llevado a 70.000 personas a ver en el cine la segunda parte de Mi Socio.
Paolo duerme a las once de la noche. Media hora antes lee periódicos, las páginas webs de diarios italianos: el Corriere della Sera, La Repubblica de Milán, La Gazzetta dello Sport, alguna revista de cine.
“Una vez de viaje a Italia, Carri se me acerca y me dice: ¿me puedes traer algo de Milan? Claro que sí. Quería un ejemplar en papel de la Gazzetta”.
El Tano le trae el periódico y cumple un pequeño anhelo de su recordado amigo. Tal vez esta anécdota, mínima, retrate a don Paolo Agazzi Sacchini.
El documental Corazón de dragón (2015) le cambia la vida. Respeta mucho el documental.
Es un trabajo fílmico, atípico y altamente emotivo, sobre el cáncer infantil. Acude durante semanas al Hospital del Niño.
Eligen ocho casos. Cuatro niños logran sobrevivir, hasta hoy. Cuatro se quedan en el camino. De todos, uno se aloja en su corazón, es un dragón.
Sebastián Ticona hace origamis, figuras de animales en papel, fieras de esperanza.
Agazzi todavía conserva algunos en su oficina de trabajo donde también tiene afiches de películas.
(Una giornata particulare de Ettore Scola, Fresa y chocolate de Titón Gutiérrez Alea, Blackthorn de Mateo Gil, Mi socio…), esculturas (una en madera de Luis Espinal) y cuadros (uno del primer Mamani Mamani sobre hojas de periódico).
Frente a su oficina en Sopocachi, su amigo milanés Marco Schiapparoli (el cocinero del “Beatrice Pastas”) ya no está. Ha fallecido hace unos meses de cáncer de hígado.
El boliche, actualmente, en reformas, abrirá pronto de nuevo. Entonces, Agazzi volverá a comer “cappelletii allá carbonara” y se acordará del flaco con nostalgia.
La vida había sido eso: vivir para construir lindos recuerdos.
Y soñarlos en el cine, como ese director bloqueado que termina volando sobre la trancadera de carros (este es el inicio de Ocho y medio y el guiño cinéfilo del principio).
Fotos: Ricardo Bajo y archivo de Paolo Agazzi

La gestora Gabriela Durán explica el proceso del libro que se lanzará para celebrar los 10 años de esta propuesta de economía creativa
Por Gabriela Durán / 16 de octubre de 2022

La diseñadora colombiana trabaja en su país con poblaciones minoritarias. Estará en el desfile ‘Chola Paceña: Fuerza y Poder’
Por Miguel Vargas / 16 de octubre de 2022

La carrera de la bailarina comenzó a los ocho años en Summa Artis. Ahora prepara el proyecto ‘Irregular’
Por Ajisai Katherine Loayza / 23 de octubre de 2022
El músico y escritor Pedro Pablo Siles recorre las facetas del centro cultural de la zona Sur, que celebrará con el Nuna Fest
El escenario en el teatro Nuna
Por Pedro Pablo Siles
/ 30 de octubre de 2022 / 00:01
Teatro Nuna: nueve años como centro cultural del Sur. A nueve años de su fundación, se ha convertido en un punto de encuentro para las artes escénicas de la ciudad, especialmente en la zona Sur de la urbe.
Su amplia oferta de música, teatro y danza se complementa con un área de comida, un estudio de grabación, salas de ensayo y diversas iniciativas culturales como el Nuna Fest, que en noviembre llegará a su novena edición.
La Paz, Bolivia. Fundado en 2013, el Teatro Nuna se ha convertido en el principal centro cultural de la zona Sur de la ciudad de La Paz.
Ofreciendo un escenario de primera, acompañado de espacios para talleres, un delicioso menú y una atención cordial.
El “Nuna” se ha ganado el cariño y el reconocimiento del público paceño, brindando todas las mejores herramientas para los artistas y un ambiente cálido y confortable para los asistentes.
LEA TAMBIÉN
Radio Cutipa vuelve al Nuna con Alwa como invitada
Desde su fundación, la misión del Teatro Nuna ha sido brindar un espacio de calidad para los artistas.
Es decir que los artistas son el eje principal del espacio o del modelo de centro cultural sostenible.
Para asegurar la asistencia del público, la lógica básica es ofrecer un lugar cómodo, con buenos equipos y buenos técnicos, haciendo especial hincapié en el recurso humano.
También se cuenta con un escenario amplio que optimiza la experiencia para el público y permite que el artista se sienta a gusto.
“Esa es nuestra idea, no hemos inventado la pólvora. Como músico, he visitado muchos teatros en Canadá y también en otros lados del mundo, sobre todo en Montreal”.
“Donde he vivido 11 años y he tocado y producido shows. Básicamente, eso faltaba en esta ciudad”.
“un escenario que pudiera convertirse en un lugar de encuentro para artistas, público y gestores culturales”.
“Entonces hemos empezado con esta filosofía, con este concepto, y ha funcionado”, dice Luis Daniel Iturralde, creador y conductor del gran proyecto.
Otro de los pilares del Nuna es la diversidad de sus públicos. La cartelera no se concentra solo en la música o siquiera en un solo estilo musical, sino en variados géneros, formatos y eras.
Así mismo, se ha convertido en un escenario crucial para la danza, ofreciendo opciones de tapete para ballet, para danza contemporánea y folklore.
Y el teatro no ha sido la excepción, albergando una miríada de producciones e incluso de talleres relacionados con la dramaturgia.
Mención aparte merece Diego Ayala Rada, alias Oso Rojo, el mago de la iluminación en el teatro desde los inicios del establecimiento.
Su trabajo ha llegado a ser parte inalienable de la experiencia Nuna, tanto para el público frecuente como para los músicos, bailarines y actores.
Que transitan este lugar de encuentro de las artes escénicas.
Pero el Nuna no se limita a ser un escenario. Con el tiempo, el proyecto fue convirtiéndose en un Centro Cultural hecho y derecho.
Suelen realizarse producciones propias como el Nuna Fest, así como co-producciones porcentuales con los artistas como forma de apoyo.
Pero más allá de los espectáculos, se dictan diversos cursos de formación y talleres en varias áreas como jazz y tango.
“Está la Escuela Runatiña que yo dirijo, donde hay alrededor de unos 60-70 alumnos. Son cuatro niveles”.
“Viene gente de todas las edades; hay muchas mujeres con un porcentaje menor de hombres. Y es una clase interesante para aprender la percusión”.
“Hacemos un viaje interesante por percusiones afrolatinas, africanas, afrobrasileñas”, comentó Iturralde acerca de una de sus especialidades como músico y docente.
Por otro lado, el reconocido sonidista René Mendoza ha montado un estudio de grabación en la segunda planta del establecimiento.
El espacio cuenta con salas de ensayo muy bien equipadas para músicos necesitados de un lugar para tocar sin restricciones de volumen.
Además, el estudio permite grabar los espectáculos en vivo profesionalmente, utilizando varios canales en formato multipista, algo sumamente útil para registrar shows de cualquier tipo.
Pero la oferta no se limita a las artes escénicas.
El área de comida, comandada por la cantante Mariela Jordán, ofrece una rica variedad de alternativas para que los asistentes puedan disfrutar.
La exquisita pizza del Nuna ya ha cobrado fama en la urbe. A esto se suman diversos bocados como las tablas de embutidos, los brownies o los sándwiches de marraqueta.
Completa el menú una amplia variedad de bebidas, con la idea final de generar una experiencia cultural placentera para el público.
“Yo creo que Nuna es un referente en el barrio, en la ciudad y ya en el país también”.
“Creo que los talleres Ser y Estar tienen una imagen ya, tenemos una marca que está sostenida por todo el equipo”.
Es para nosotros una suerte estar en un lugar donde los estudiantes pueden encontrarse con un espacio escénico de verdad”.
“No es una sala, es un espacio escénico donde se encuentran con estudiantes de otras disciplinas, entonces se empieza a generar un movimiento”.
“Hay cosas que me sorprenden, porque gracias a la virtualidad hemos llegado a otras ciudades”.
“Y hay gente hasta de otros países que ya saben del taller y lo vinculan con Nuna”, explicó por su parte la actriz y formadora Pati García.
A raíz de la crisis sanitaria mundial y el posterior encierro de cuarentena, como tantos otros emprendimientos, el Teatro Nuna tuvo que repensar su situación.
Primero empezó con la transmisión de streamings, tras una significativa inversión en el equipo requerido.
Se adquirió cámaras y micrófonos especiales para poder filmar conciertos, obras de teatro y presentaciones de danza.
Además, gracias a la nueva página web del Nuna, se podía comprar las entradas y apreciar la transmisión desde casa.
Otra inquietud que nació de la pandemia fue la de encontrar productores de otros países.
En un momento en el que abundaban las charlas virtuales, los talleres online y otro tipo de encuentros en la web.
Luis Daniel conoció a la fundadora de Music Works International, Katherine McVicker.
Music Works es una empresa de producción musical, dedicada especialmente al jazz y a la denominada world music.
McVicker ya contaba con una red de productores en África llamada Cultural Connections Africa, donde ya ha empezado a desarrollar proyectos.
Con ese impulso, la productora estaba lista para desembarcar en Latinoamérica.
“Después de muchas reuniones, paciencia y de juntarnos para hacer una lluvia de ideas, hemos logrado conseguir fondos para desarrollar una página web y para hacer un festival virtual.
Ahí nace mi proyecto musical Radio Cutipa, por ejemplo, que hizo su debut en el Festival Conexión Sónica, que fue parte de la red.
También hemos apoyado al FestiJazz de Bolivia con videos que nos han mandado de varios lados, desde Israel, Panamá, México, Chile, Colombia”, explicó Iturralde.
Otro proyecto que ha generado gran expectativa es YVYRASACHA (árbol en guaraní y quechua).
Se trata de un proyecto integral que busca nutrir e internacionalizar la producción teatral boliviana mediante tres áreas de trabajo.
Fortalecimiento Institucional (semilla-raíz), Formación Especializada (plántula-tallo) y Gestión y Producción de proyectos artísticos (planta-frutos).
Es el resultado de una alianza estratégica entre el Nuna con Teatro Punto Bo y Plataforma 1, dos instituciones dedicadas al impulso y fortalecimiento de la producción de las artes escénicas en el país.
En términos de producción propia, la joya de la corona es sin duda el Nuna Fest, que este año llega a su novena edición con un programa inédito en nuestro país.
Que incluye la presencia del renombrado músico camerunés Richard Bona, una de las figuras más ilustres del jazz y la música étnica. 
“Yo tenía la inquietud de traer a Richard Bona y he visto que Katherine es una de sus productoras y he empujado este proyecto a través de la red”.
“Finalmente hemos logrado hacer una gira latinoamericana; son cuatro países, como unos seis o siete conciertos, porque en algunos países son dos conciertos, y varias masterclass (clases magistrales)”.
“Eso ha sido un logro y creo representa también el principio de un camino que estamos buscando”.
“Que es el de poner a Bolivia en el mapa de la buena música, sobre todo de músicas tradicionales del mundo y jazz”, comentó el impulsor y dueño del Nuna.
Pero la búsqueda de aliados y shows no se limita a la música. También estará presente el elenco alteño Altoteatro liderado por Freddy Chipana, presentando Basura, su nueva obra.
Por otro lado, Ricardo Puccetti, reconocido “clown” de Brasil, también brindará una función especial.
Y también estará al Ensamble de Cámara de la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Weimar Arancibia.
Que este año presenta la obra Nankunata Awarina. Finalmente, en danza, la obra Metrópolis será ejecutada por la Compañía Contradanza.
Entre los auspiciadores de este año están la Embajada de Estados Unidos, la Embajada de Francia, la Fundación Kantutani.
Asimismo, se contará con diversas alianzas con instituciones como la Orquesta Sinfónica para este año.
La escuela de actuación Jallalla y Conexiones Culturales Latinoamérica, la mencionada red de productores internacionales.
Se está trazando un nuevo camino de conexiones e intercambios para ofrecer al público carteleras diversas de altísimo nivel.
El centro cultural de la zona Sur está listo para descubrir nuevos horizontes de cara a su primera década de existencia.
Fotos: Diego Ayala Rada

La carrera de la bailarina comenzó a los ocho años en Summa Artis. Ahora prepara el proyecto ‘Irregular’
Por Valery Gismondi Avendaño / 23 de octubre de 2022

Las siete edades del grupo de teatro encabezado por Freddy Chipana celebró dos décadas de trabajo en La Paz con la puesta en escena de seis obras
Por Ricardo Bajo H. / 23 de octubre de 2022

Si La Paz desaparece de la faz de la Tierra, los cuentos de Adolfo Cárdenas serán utilizados para reconstruirla y para escuchar de nuevo las voces de sus personajes
Por Ricardo Bajo H. / 16 de octubre de 2022
La carrera de la bailarina comenzó a los ocho años en Summa Artis. Ahora prepara el proyecto ‘Irregular’
Con el traje de ‘Suite Andina’, de Mónica Camacho, con el que bailó en Nueva York.
Por Ajisai Katherine Loayza
Imagen: Ajisai Katherine Loayza
/ 23 de octubre de 2022 / 16:30
Fátima Lazarte llega vestida de negro, con lentes oscuros y redondos que cubren gran parte de su rostro. Fátima Lazarte Suárez lleva el negro cabello rizado recogido en una coleta a un costado de su cuello. Es una profesional en ballet clásico que a sus 42 años delata su oficio con cada movimiento. Su cuerpo lleno de música convierte la sala en su escenario, en el que nos introduce poco a poco a su vida como bailarina.
Su vida en la danza comenzó a los ocho años, cuando ingresó a la escuela de Ballet Summa Artis, de la coreógrafa y directora Mónica Camacho. Ese 1988 comenzaban también las actividades de la escuela.
“Fui a mi primera clase de danza acompañando a otra niña, a una amiga de colegio y la que se quedó en las clases fui yo y no ella— sonríe—. No puedo explicar cómo, pero yo sabía que eso era para mí”, cuenta emocionada, al tiempo que con ambas manos parece abrir el telón.
Mientras asistía a clases de danza, Fátima sentía el apoyo de sus padres y el compromiso de ellos al llevarla, pero también sabía que en retribución ella debía poner de su parte y no descuidar el colegio. Así fue. En casa, un pilar de su educación fue la disciplina, al igual que en la escuela de danza.
“Me he formado en una disciplina muy estricta de ballet, había una exigencia tanto en el peinado, en cómo tenías que ir vestida, como también en el comportamiento; todo en la clase era bastante estricto. Los tiempos han cambiado”. Su voz se torna algo más serio y parece recordar esos momentos con cierta melancolía. A pesar de haberse formado en una dinámica muy estricta, también recuerda que su principal motivación era bailar.
Convencida de que un aprendizaje constructivista es la mejor metodología, cuenta cómo cada paso o movimiento fue la base para lograr uno más complejo. En danza, la disciplina iba por niveles: por ejemplo, al principio ella asistía solo dos veces por semana, luego tres, hasta que a sus 10 y 11 años tenía un trabajo diario de danza.
LEA TAMBIÉN ‘Romeo y Julieta’, en danza contemporánea
Con cada año que pasaba el cuerpo se iba formando para lograr la suficiente tonicidad y a la vez la soltura adecuada para desenvolverse. La técnica poco a poco se pulía, al igual que la expresión en la danza. Después de dos o tres años el cuerpo debía estar lo suficientemente preparado para calzar las zapatillas de punta, que se caracterizan por tener una punta dura, generalmente hechas de densas capas de tela, cartón y/o papel endurecido con pegamento. Esta punta dura calza la punta de los pies y tiene una base plana sobre la que deberá pararse la bailarina, manteniendo todo el peso del cuerpo sobre la punta de los dedos. Si uno no tiene el suficiente equilibrio y preparación física, pueden ser muy difíciles de manejar.
“Tienes que tener ciertos logros tanto físicos como de control. Si te pones las zapatillas de punta antes y tus pies no están listos no te puedes parar, entonces hay más frustración. Es una etapa donde a muchas que les gusta el ballet lo dejan, porque te haces heridas, te duelen los pies, no puedes hacer los pasos con la facilidad que quisieras. Tienes que entrenar mucho para llegar a la fluidez con las zapatillas. Es un momento bien crítico en la formación de cualquier niña, y estamos hablando de niñas, porque yo tenía 10 a 11 años cuando llegué a puntas. Al principio duele, pero si superas esa etapa vas avanzando, como en todo”.
Fátima encontró en la danza una forma de expresarse en silencio. “Para mí fue fundamental llegar a un espacio donde hay un silencio y donde puedes expresarte sin palabras, era algo que nunca había visto. Cuando llegas a la barra de ballet ya no importa lo que te ha pasado afuera, es como una burbuja, un microcosmos, donde solo importa lo que estás haciendo y tu esfuerzo en ese momento. Y tu esfuerzo personal cuenta. Y lo que sucede dentro de la sala solo depende de ti. He encontrado en la danza una forma de vida. Afuera de la sala de ballet existen muchas contingencias que definen lo que sucede, en la sala no, solo depende de ti y de tu esfuerzo”.
En Summa Artis su carrera como bailarina profesional duraría nueve años. Allí encontraría más retos y más magia en su educación, hasta terminar su formación, graduándose a los 18 años.
Para su graduación, la flamante profesional tuvo la oportunidad de viajar a Estados Unidos y bailar en el Clark Theatre en el Linconln Center de Nueva York, interpretando junto al elenco, la obra Suit Andina, de Mónica Camacho, que fusionaba lo andino con lo clásico. “Después de esa experiencia, yo sabía que lo que quería para mi vida era la danza”.
En 1997 Fátima se graduó del colegio y en danza. Los padres de familia ponían todas sus expectativas en las carreras universitarias y la danza no figuraba como carrera en ninguna universidad en Bolivia.
Ante esta situación, Fátima ingresó a la Universidad Católica Boliviana, a estudiar Psicología. Los horarios se acomodaban a los de ensayos (ahora como cuerpo de baile) y como podía tomar varias materias en cada semestre, terminó la carrera en cuatro años y medio. Si bien no dejó la danza, la psicología le sirvió más adelante para su desarrollo profesional como educadora en danza a partir de una reflexión pedagógica. Otras reflexiones nacerían con su especialidad en psicoanálisis, principalmente en la creación artística.
En 2001 Fátima debía decidir qué hacer con su vida profesional. Ella abrazó la danza y se entregó por completo a ella. A los 22 años dejó la casa de sus padres y apostó por vivir de y por la danza.
Durante 10 años se dedicó únicamente al ballet. Daba clases en tres recintos y también formó parte de la Escuela Municipal del Ballet Clásico y Contemporáneo en la ciudad de El Alto, con la que tenían presentaciones mensuales.
Con trabajo constante y dedicación organizó sus actividades para vivir de la danza. Fue su cuerpo el principal instrumento a través del cual plantaría los cimientos para una vida dedicada a su vocación.
Mientras más pasaba el tiempo, más crecía su deseo por una formación académica en su área. En 2011 postuló a una beca que la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos) y el Ballet Oficial brindaban. Estos estudios, además de una parte práctica en danza, tenían también una parte teórica que encandiló a la bailarina por la riqueza de la escritura y el aporte conceptual. Con esas ansias, en 2015 hizo una maestría en literatura con la cual el tejido finalmente confluyó en la sistematización de sus ideas sobre lo cultural, la creación de proyectos artísticos y los planteamientos metodológicos y creativos.
Al explorar lo teórico y literario en este tiempo, Fátima pudo traducir estas inquietudes del alma sobre papel. Eso, sin que su actividad como maestra de danza sea interrumpida, si no hasta el comienzo de la pandemia. En 2020 fue la primera vez que tuvo un descanso físico.
Con todo este bagaje de conocimientos y el descanso de su cuerpo, utilizó este espacio para conectar con otros artistas. Era la primera vez que tomaba riesgos más allá de su trabajo como bailarina. Encontró a Fabrizio Catalano, quien trabajaba más con la parte audiovisual y fusionando ideas, armaron un proyecto, una docuficción que exploraba lo femenino. Viajaron por toda Bolivia para recolectar experiencias que les lleven a esta exploración de la multiplicidad de este mundo y actualmente ultiman detalles para lanzar su obra, llamada Irregular, que esperan tener lista a principios del próximo año.
Irregular es una obra que nos lleva a cuestionarnos ¿Qué viene a ser lo femenino?, haciendo exploraciones visuales que tienen que ver con corporalidad, además de entrevistas a mujeres. Parecería que solo existía una sola forma de ser mujer en nuestra sociedad patriarcal y no todas tenemos que estar en el mismo corte. Entonces nuestra propuesta va por cuestionar todo esto que se había dado por hecho”.
Desde su primera clase a los ocho años en Summa Artis hasta su proyecto audiovisual actual, Fátima reconoce que el aprendizaje constructivista acompañó cada uno de sus pasos. “En la danza no te conformas con lo que llegas a hacer: cada día puedes hacer un poquito más y siempre hay algo que puedes mejorar”.
TEXTO Y FOTOS: AJISAI KATHERINE LOAYZA
ASISTENTE DE FOTOGRAFÍA: LEW HERRERA

La gestora Gabriela Durán explica el proceso del libro que se lanzará para celebrar los 10 años de esta propuesta de economía creativa
Por Gabriela Durán / 16 de octubre de 2022

El concierto y el libro ‘¿Me da permiso por favor?’, de Nicolás Suárez, se presentarán el 30 de octubre en el Teatro Nuna
Por Miguel Vargas / 23 de octubre de 2022

‘Vietnam y Simio’, de Mario Montalbetti, lo nuevo de Yerba Mala Cartonera.
Por Valery Gismondi Avendaño / 23 de octubre de 2022
‘Vietnam y Simio’, de Mario Montalbetti, lo nuevo de Yerba Mala Cartonera.
Por Valery Gismondi Avendaño
Imagen: YERBA MALA CARTONERA
/ 23 de octubre de 2022 / 16:20
Cuando lees Vietnam y Simio de Mario Montalbetti (Yerba Mala Cartonera, 2022) es imposible no evocar otros tiempos, ni pasados, ni futuros, simplemente otros; translúcidos y húmedos, verdes y felices. Un viaje hacia días mejores, como toda poesía debería ser. Resulta como un canto, el transitar por cada poema y encontrarte con palabras que bailan, saltando de verso en verso, logrando que la lectura se sienta casi como una melodía.
Aquello que Mario compone al escribir no es solo una hermosa imagen, sino muchas; nítidas, diáfanas, etéreas como una fotografía de antaño, imágenes tejidas en un caleidoscopio que consiguen dibujar un infinito entero; adiós campos de Chachapoyas, dice, como solo un minúsculo ejemplo de la música de su lenguaje, gotas de lluvia sobre hojas de plátano, sigue, mostrando de manera perfecta la imagen de lo que quiere que sientas. Y sientes.
La poesía atrapa, es esa su magia, y Mario parece jugar a ser un mago. Nos atrapa a través de lo cotidiano y las muletillas que le acompañan, él parece que se asoma cada vez, cómoda y tímidamente. El texto que se nos presenta consigue ser fluido y ligero, justamente porque es íntimo y familiar, logrando que atravesarlo sea sencillo, donde son casi imperceptibles las transiciones de cada espacio vacío y todos los poemas forman parte de uno solo. Como un largo suspiro.
Por eso significa una lectura amena y bonita; no hablo vietnamita, pero sé que el color del tiempo no es azul, con versos como éste es que es posible experimentar lo que estamos leyendo mientras navegamos por cada poema, sobre todo porque carecen de límites y por lo tanto, de etiquetas, al no tener un principio, tampoco tiene un final, en una especie de laberinto que te lleva a través del lenguaje por un infinito de posibilidades que no necesitan contenerse.
Considero que la manera en que el poemario está escrito responde no solo al talento, o a esa bestia llamada inspiración, sino sobre todo a un compromiso de rebeldía, de indagación, de confrontación, de aprendizaje. Una relación con el lenguaje y la escritura que logra ser sencilla y libre, como muy pocas veces. Lo que también significa una disciplina ante el texto, una pasión para crear que es tan placentera precisamente porque ha sido consecuencia de quien ha estudiado el lenguaje y comprende su enorme magnitud, que ha tomado con pinzas cada palabra allí vertida y que al mismo tiempo, ha querido desafiar ese significante que parece atraparnos sin darnos cuenta de que casi siempre la belleza no está en lo complejo, sino todo lo contrario.
Hace tiempo que no leía poesía y ha sido lindo reencontrarme con ella a través de estas palabras. Redescubrir en el transcurso, que el ejercicio de leer es un ejercicio de entrega al que no debiera deberse —valga la redundancia— ninguna explicación más que el placer de su belleza. Y es justamente eso lo que Mario nos regala.
*Valery Gismondi Avendaño es licenciada en Ciencias Políticas y máster en Literatura Comparada.
TEXTO: VALERY GISMONDI AVENDAÑO
FOTOS: YERBA MALA CARTONERA

El cineasta repasa su vida y obra. Su primer nacimiento en un pueblito italiano, su segundo nacimiento en Bolivia, sus películas, sus amigos, sus nostalgias, sus proyectos
Por Ricardo Bajo H. / 30 de octubre de 2022

Tras el éxito de las películas, la Tv tuvo seis temporadas dedicadas a la saga de los inmortales
Por Juan José Cabrera / 23 de octubre de 2022

Alejandro Villegas Fernández, docente de Comunicación Social en la UCB, reseña la ópera prima de Alejandro Loayza Grisi
Por Alejandro Villegas / 16 de octubre de 2022
La carrera de la bailarina comenzó a los ocho años en Summa Artis. Ahora prepara el proyecto ‘Irregular’
Con el traje de ‘Suite Andina’, de Mónica Camacho, con el que bailó en Nueva York.
Por Valery Gismondi Avendaño
Imagen: Ajisai Katherine Loayza
/ 23 de octubre de 2022 / 00:22
Fátima Lazarte llega vestida de negro, con lentes oscuros y redondos que cubren gran parte de su rostro.
Lazarte Suárez lleva el negro cabello rizado recogido en una coleta a un costado de su cuello.
Es una profesional en ballet clásico que a sus 42 años delata su oficio con cada movimiento.
Su cuerpo lleno de música convierte la sala en su escenario, en el que nos introduce poco a poco a su vida como bailarina.
Su vida en la danza comenzó a los ocho años, cuando ingresó a la escuela de Ballet Summa Artis, de la coreógrafa y directora Mónica Camacho.
Ese 1988 comenzaban también las actividades de la escuela.
“Fui a mi primera clase de danza acompañando a otra niña, a una amiga de colegio y la que se quedó en las clases fui yo y no ella— sonríe—.
No puedo explicar cómo, pero yo sabía que eso era para mí”, cuenta emocionada, al tiempo que con ambas manos parece abrir el telón.
Mientras asistía a clases de danza, Fátima sentía el apoyo de sus padres y el compromiso de ellos al llevarla, pero también sabía que en retribución ella debía poner de su parte y no descuidar el colegio.
Así fue. En casa, un pilar de su educación fue la disciplina, al igual que en la escuela de danza.
“Me he formado en una disciplina muy estricta de ballet, había una exigencia tanto en el peinado, en cómo tenías que ir vestida, como también en el comportamiento; todo en la clase era bastante estricto.
Los tiempos han cambiado”. Su voz se torna algo más serio y parece recordar esos momentos con cierta melancolía.
A pesar de haberse formado en una dinámica muy estricta, también recuerda que su principal motivación era bailar.
Convencida de que un aprendizaje constructivista es la mejor metodología, cuenta cómo cada paso o movimiento fue la base para lograr uno más complejo.
En danza, la disciplina iba por niveles: por ejemplo, al principio ella asistía solo dos veces por semana, luego tres, hasta que a sus 10 y 11 años tenía un trabajo diario de danza.
LEA TAMBIÉN

‘Romeo y Julieta’, en danza contemporánea

Con cada año que pasaba el cuerpo se iba formando para lograr la suficiente tonicidad y a la vez la soltura adecuada para desenvolverse.
La técnica poco a poco se pulía, al igual que la expresión en la danza.
Después de dos o tres años el cuerpo debía estar lo suficientemente preparado para calzar las zapatillas de punta, que se caracterizan por tener una punta dura, generalmente hechas de densas capas de tela, cartón y/o papel endurecido con pegamento.
Esta punta dura calza la punta de los pies y tiene una base plana sobre la que deberá pararse la bailarina, manteniendo todo el peso del cuerpo sobre la punta de los dedos. 
Si uno no tiene el suficiente equilibrio y preparación física, pueden ser muy difíciles de manejar.
“Tienes que tener ciertos logros tanto físicos como de control.
Si te pones las zapatillas de punta antes y tus pies no están listos no te puedes parar, entonces hay más frustración.
Es una etapa donde a muchas que les gusta el ballet lo dejan, porque te haces heridas, te duelen los pies, no puedes hacer los pasos con la facilidad que quisieras.
Tienes que entrenar mucho para llegar a la fluidez con las zapatillas.
Es un momento bien crítico en la formación de cualquier niña, y estamos hablando de niñas, porque yo tenía 10 a 11 años cuando llegué a puntas.
Al principio duele, pero si superas esa etapa vas avanzando, como en todo”. 
Fátima encontró en la danza una forma de expresarse en silencio.
“Para mí fue fundamental llegar a un espacio donde hay un silencio y donde puedes expresarte sin palabras, era algo que nunca había visto.
Cuando llegas a la barra de ballet ya no importa lo que te ha pasado afuera, es como una burbuja, un microcosmos, donde solo importa lo que estás haciendo y tu esfuerzo en ese momento.
Y tu esfuerzo personal cuenta.
Y lo que sucede dentro de la sala solo depende de ti.
He encontrado en la danza una forma de vida. Afuera de la sala de ballet existen muchas contingencias que definen lo que sucede, en la sala no, solo depende de ti y de tu esfuerzo”.
En Summa Artis su carrera como bailarina profesional duraría nueve años.
Allí encontraría más retos y más magia en su educación, hasta terminar su formación, graduándose a los 18 años.
Para su graduación, la flamante profesional tuvo la oportunidad de viajar a Estados Unidos y bailar en el Clark Theatre en el Linconln Center de Nueva York.
Interpretando junto al elenco, la obra Suit Andina, de Mónica Camacho, que fusionaba lo andino con lo clásico.
“Después de esa experiencia, yo sabía que lo que quería para mi vida era la danza”.
En 1997 Fátima se graduó del colegio y en danza.
Los padres de familia ponían todas sus expectativas en las carreras universitarias y la danza no figuraba como carrera en ninguna universidad en Bolivia.
Ante esta situación, Fátima ingresó a la Universidad Católica Boliviana, a estudiar Psicología.
Los horarios se acomodaban  a los de ensayos (ahora como cuerpo de baile) y como podía tomar varias materias en cada semestre, terminó la carrera en cuatro años y medio.
Si bien no dejó la danza, la psicología le sirvió más adelante para su desarrollo profesional como educadora en danza a partir de una reflexión pedagógica.
Otras reflexiones nacerían con su especialidad en psicoanálisis, principalmente en la creación artística.
En 2001 Fátima debía decidir qué hacer con su vida profesional.
Ella abrazó la danza y se entregó por completo a ella. A los 22 años dejó la casa de sus padres y apostó por vivir de y por la danza.
Durante 10 años se dedicó únicamente al ballet.
Daba clases en tres recintos y también formó parte de la Escuela Municipal del Ballet Clásico y Contemporáneo en la ciudad de El Alto, con la que tenían presentaciones mensuales.
Con trabajo constante y dedicación organizó sus actividades para vivir de la danza.
Fue su cuerpo el principal instrumento a través del cual plantaría los cimientos para una vida dedicada a su vocación.
Mientras más pasaba el tiempo, más crecía su deseo por una formación académica en su área.
En 2011 postuló a una beca que la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos) y el Ballet Oficial brindaban.
Estos estudios, además de una parte práctica en danza, tenían también una parte teórica que encandiló a la bailarina por la riqueza de la escritura y el aporte conceptual.
Con esas ansias, en 2015 hizo una maestría en literatura con la cual el tejido finalmente confluyó en la sistematización de sus ideas.
Sobre lo cultural, la creación de proyectos artísticos y los planteamientos metodológicos y creativos.
Al explorar lo teórico y literario en este tiempo, Fátima pudo traducir estas inquietudes del alma sobre papel.
Eso, sin que su actividad como maestra de danza sea interrumpida, si no hasta el comienzo de la pandemia.
En 2020 fue la primera vez que tuvo un descanso físico.
Con todo este bagaje de conocimientos y el descanso de su cuerpo, utilizó este espacio para conectar con otros artistas.
Era la primera vez que tomaba riesgos más allá de su trabajo como bailarina.
Encontró a Fabrizio Catalano, quien trabajaba más con la parte audiovisual y fusionando ideas, armaron un proyecto, una docuficción que exploraba lo femenino.
Viajaron por toda Bolivia para recolectar experiencias que les lleven a esta exploración de la multiplicidad de este mundo y actualmente ultiman detalles para lanzar su obra.
Llamada Irregular, que esperan tener lista a principios del próximo año.
“Irregular es una obra que nos lleva a cuestionarnos ¿Qué viene a ser lo femenino?, haciendo exploraciones visuales que tienen que ver con corporalidad, además de entrevistas a mujeres.
Parecería que solo existía una sola forma de ser mujer en nuestra sociedad patriarcal y no todas tenemos que estar en el mismo corte.
Entonces nuestra propuesta va por cuestionar todo esto que se había dado por hecho”.
Desde su primera clase a los ocho años en Summa Artis hasta su proyecto audiovisual actual, Fátima reconoce que el aprendizaje constructivista acompañó cada uno de sus pasos. 
“En la danza no te conformas con lo que llegas a hacer: cada día puedes hacer un poquito más y siempre hay algo que puedes mejorar”.
‘Vietnam y Simio’, de Mario Montalbetti, lo nuevo de Yerba Mala Cartonera
Cuando lees Vietnam y Simio de Mario Montalbetti (Yerba Mala Cartonera, 2022) es imposible no evocar otros tiempos, ni pasados, ni futuros, simplemente otros.
Translúcidos y húmedos, verdes y felices. Un viaje hacia días mejores, como toda poesía debería ser.
Resulta como un canto, el transitar por cada poema y encontrarte con palabras que bailan, saltando de verso en verso, logrando que la lectura se sienta casi como una melodía.
Aquello que Mario compone al escribir no es solo una hermosa imagen, sino muchas.
Nítidas, diáfanas, etéreas como una fotografía de antaño, imágenes tejidas en un caleidoscopio que consiguen dibujar un infinito entero.
Adiós campos de Chachapoyas, dice, como solo un minúsculo ejemplo de la música de su lenguaje, gotas de lluvia sobre hojas de plátano.
Sigue, mostrando de manera perfecta la imagen de lo que quiere que sientas. Y sientes.
La poesía atrapa, es esa su magia, y Mario parece jugar a ser un mago.
Nos atrapa a través de lo cotidiano y las muletillas que le acompañan, él parece que se asoma cada vez, cómoda y tímidamente.
El texto que se nos presenta consigue ser fluido y ligero, justamente porque es íntimo y familiar, logrando que atravesarlo sea sencillo, donde son casi imperceptibles las transiciones de cada espacio vacío y todos los poemas forman parte de uno solo.
Como un largo suspiro.
Por eso significa una lectura amena y bonita; no hablo vietnamita.
Pero sé que el color del tiempo no es azul, con versos como éste es que es posible experimentar lo que estamos leyendo.
Mientras navegamos por cada poema, sobre todo porque carecen de límites y por lo tanto, de etiquetas, al no tener un principio, tampoco tiene un final.
En una especie de laberinto que te lleva a través del lenguaje por un infinito de posibilidades que no necesitan contenerse.
Considero que la manera en que el poemario está escrito responde no solo al talento, o a esa bestia llamada inspiración, sino sobre todo a un compromiso de rebeldía, de indagación, de confrontación, de aprendizaje.
Una relación con el lenguaje y la escritura que logra ser sencilla y libre, como muy pocas veces.
Lo que también significa una disciplina ante el texto, una pasión para crear que es tan placentera precisamente porque ha sido consecuencia de quien ha estudiado el lenguaje y comprende su enorme magnitud.
Que ha tomado con pinzas cada palabra allí vertida y que al mismo tiempo, ha querido desafiar ese significante que parece atraparnos sin darnos cuenta de que casi siempre la belleza no está en lo complejo, sino todo lo contrario.
Hace tiempo que no leía poesía y ha sido lindo reencontrarme con ella a través de estas palabras.
Redescubrir en el transcurso, que el ejercicio de leer es un ejercicio de entrega al que no debiera deberse —valga la redundancia— ninguna explicación más que el placer de su belleza.
Y es justamente eso lo que Mario nos regala. 
*Valery Gismondi Avendaño es licenciada en Ciencias Políticas y máster en Literatura Comparada.
 Fotos: Yerba mala cartonera
Texto y fotos: Ajisai Katherine Loayza
Asistente de fotografía: Lew Herrera

Alejandro Villegas Fernández, docente de Comunicación Social en la UCB, reseña la ópera prima de Alejandro Loayza Grisi
Por Alejandro Villegas / 16 de octubre de 2022

Tras el éxito de las películas, la Tv tuvo seis temporadas dedicadas a la saga de los inmortales
Por Juan José Cabrera / 23 de octubre de 2022

El músico y escritor Pedro Pablo Siles recorre las facetas del centro cultural de la zona Sur, que celebrará con el Nuna Fest
Por Pedro Pablo Siles / 30 de octubre de 2022
Las siete edades del grupo de teatro encabezado por Freddy Chipana celebró dos décadas de trabajo en La Paz con la puesta en escena de seis obras
Integrantes de Alto Teatro con el banner que promociona la celebración de sus 20 años de trabajo
Por Ricardo Bajo H.
/ 23 de octubre de 2022 / 00:11
Alto Teatro nació después de un golpe. Un golpe tremendo que trajo miedo y pesadillas.
Y también sueños lindos de esperanza y trabajo. Freddy Chipana es un actor connotado del Teatro de los Andes. La gente lo reconoce y hasta le invitan cerveza.
Está haciendo de Dolón, Lycaon y Patroclo en La Ilíada, versión César Brie. Hace siete años que vive en Yotala (Sucre) y ha participado en Las abarcas del tiempo (estrenada en 1995), Ubú en Bolivia (estrenada en 1994) y Graffiti (1999).
Está enamorando con una chica salvadoreña y cuando cuelga el teléfono fijo, choca y cae en la casa. Conmoción cerebral.
Por la noche tiene mareos, vómitos, fuerte dolor de cabeza. Años después escribe en el “feis” de Alto Teatro, “dejé los Andes por un estúpido accidente”.
El neurólogo recomienda reposo absoluto.
Chipana trata de no pensar pero no puede, ve lucecitas que se encienden poco a poco y luego una página en blanco al final de un túnel.
La hija del neurólogo le habla de hacer teatro con los chicos del cementerio y con los “lustras”. Todo son señales.
Chipana recuerda sus inicios en Ojo Morado (1990-1997), elenco nacido de Tres Soles, el segundo nombre del Hogar Albergue para Menores Abandonados (HAPMA) de la ciudad de El Alto.
Chipana recuerda también que escribe desde siempre. Algo está pasando, es como el viento que viene. Se arma de valor y le dice a Brie que se va.
El “Turco” (Jorge Jamarlli) se emputa, el César solo alcanza a balbucear: “pues sí ha sido fuerte el golpe”. Durante un año más, sigue haciendo sus papeles en La Ilíada.
Chipana se ha cansado de las giras por Europa, no le gusta que su familia y amigos no puedan verle actuar (le dan tres entradas de cortesía y sus familiares son veinte) y se pregunta por el carácter pequeño-burgués de todo.
“El Teatro de los Andes ha sido mi casa, soy muy agradecido, fui parte de la mejor época y renuncié en la edad de oro”.
La primera vez que va al teatro es a una obra de Hugo Pozo, Escuela de Pillos, en el Municipal.
Los primeros textos que interpreta en Ojo Morado titulan así: El lazarillo de Tormes, El conejo que quería ser Dios, El país de la fantasía y El Principito. Son los tiempos de Tres Soles/Ojo Morado.
Por esos caminos alteños, también anda un joven llamado Lucas Achirico Espinoza y su zampoña.
El Lucas parte primero a Yotala, luego llega Freddy tras el segundo taller de “los Andes”. Brie dice que hay que tirarse de cabeza y todos lo hacen. Saben que no va a doler.
César los cuida. Yotala necesita 50.000 dólares al año y (Giam) Paolo Nalli los consigue. Se puede vivir del teatro en Bolivia.
Chipana ha tenido dos escuelas: una humana, Ojo Morado, donde aprendió que la creación colectiva pasa por los sueños, en aquel tiempo eran los anhelos de unos cuantos chicos de la calle; era/es la necesidad de ser escuchados.
Y una escuela técnica (Yotala) donde aprende que se llega al teatro para ensamblar, no ensayar; donde se construye desde las entrañas/oído/manos para que el otro pueda crecer contigo.
“Había una sana competencia por sorprender al compañero, siempre estar al nivel”. Luego viene la imagen, la metáfora, el símbolo, no como receta. Sino como búsqueda.
La belleza de lo feo, trabajar sobre lo que no se tiene (aún). Sobre las cosas imposibles. Cuando el teatro copia a la vida, Chipana se aburre y se va.
De “los Andes” se trae la poesía (escénica), el lugar imposible.
Una vez vio al italiano Pippo Delbono en Buenos Aires, en La Comuna.
Su personaje tiene unas muletas colgadas sobre sus brazos.
Está quieto y luego se desploma con los brazos al viento. Chipana, espectador, hace el resto: “yo lo vi volando, era un pájaro volando lejos, transformado. Y lloré”.
El Pippo dice que el teatro es un sondeo del ser humano, un reflejo de quienes somos y tal vez de quienes deberíamos ser.
El Pippo dice que es hora de acabar con el teatro burgués, es hora de hacer teatro para todos, para pobres y cuerdos, para ricos y locos.
Un día Liber Forti le dice a Freddy Chipana: “saca el teatro del teatro, vete a las minas, a los colegios, a las cárceles, no hagas teatro para el teatro”.
“Vete a esos sitios pero no vayas a enseñar, vete a aprender”.
El sentimiento no se actúa. Chipana busca una sensibilidad, la encuentra en los ojos del compañero, en esa ventanita.
Hace teatro de grupo, teatro de autor para estar vivo, para arrastrar un cuerpo que no mienta. Cree que lo que pasa en el escenario solo sucede una vez.
Alto Teatro se reinventa, se transforma. En cada obra se despide de ese instante único.
El escenario no puede ser un lugar cómodo/cotidiano.
Siente la rabia. Así nace Alto Teatro, Edad Antigua, con una Plegaria (2003).
No podía ser de otra manera, se viene al mundo rezando. Son cinco. Bernabé Pacheco (años después se mata), Alcides Chambi, Ruth Soria, Andrea Riera y Chipana, Freddy.
La ponen en Cochabamba (en el Festival Peter Travesí) y en un certamen de la Universidad Católica en La Paz.
Es muy visual. Es el inicio pero también es el retorno del presente.
Viven todos juntos en una casa del barrio alteño de Villa Tunari, cerca a la UPEA. Son almas puras. No son los mejores, son los correctos, piensa Chipana. No son una secta.
O no quieren serlo. La única regla: el compromiso, el de verdad. Son compañeros, no padre e hijos. Trabajan con lo que son.
En Plegaria hay garras, locura (transcurre en un manicomio), formas de amor, dos ciegos que se ven. Y memoria.
En 2004 llega Cuéntame abuelo, la historia del imperio de los pájaros, la guerra de los animales y la llegada del hombre.
Hay zancos, máscaras, cantos, un águila, un cóndor.
Inocencia y poder. Se suman Carmen Tito, César Zárate (hermano de Freddy), Édgar Chipana, Juan José Canazas, Joel Eyzaguirre y Fabiana Escóbar. Un año después, la tercera: Un país en sueños.
Se estrena en el teatro Modesta Sanjinés de la Casa de la Cultura de La Paz. Los cuerpos danzan.
Es producto de un taller/investigación (“Chau París”) en la radio Wayna Tambo.
Son pájaros que migran y vuelven, de aves que no pueden regresar, de un país destripado, de los que se quedan.
Migración y ausencia presente.
El público llora. Producto de talleres, estrenarán a lo largo de estos 20 años obras efímeras como Las apariencias engañan, Explotando ideas, En hora buena, Quién entiende, El silencio, Pétalos, Cerca del cielo…
En 2006 Alto Teatro hace obras cortas/infantiles para la Alianza Francesa. Les dan becas para aprender francés y algunos aprovechan. El árbol infinito, Mario, armario…
Siguen colaborando con la Ayuda Obrera Suiza (AOS), sin romper el hilo umbilical de la Comunidad Tres Soles/Ojo Morado y el nexo con Stefan Gurtner Hari, “alma pater”.
Montan En una plaza, fruto de otro taller. Y en aquellos tiempos de racismo puro y duro, de piel y problemas, hacen Solo contesto (2008).
“Cada uno se creía mejor que el otro, se cortaban corbatas, nos devorábamos a nosotros mismos”. Intolerancia, discriminación a borbotones.
“La violencia más cabrona es la que ejerce un boliviano contra otro boliviano. Somos seres en peligro de nuestra propia estupidez, de la estupidez de creer tener una solución, una verdad”.
Por entonces son: Rocío Quisbert, Soledad Machaca, Carmen Tito, Jorge Lahore, Verónica Paye, Chipana.
El teatro (de Alto Teatro) busca desordenar todo eso.
Es artesanal, es del pobre para el pobre. Con lo que toca, con lo que se respira. Creatividad y esencia, pura.
Siguen haciendo teatro para estudiantes, para colegios. En una burbuja va a tener versiones ajenas, copias que ganan premios. Es la mala educación.
Hacen preguntas, como en todas las obras de Alto Teatro.
“¿Qué viene después de las aulas?, ¿con qué te vas a defender?, ¿por qué no dices lo que piensas en la escuela?, ¿por qué está prohibido equivocarse al multiplicar dos por dos?, ¿por qué respondes preguntando?” ¿No ve? La identidad, otra vez. 
En 2009 aterriza Peligro y todo cambia. La van a representar más de 200 veces (35 solo en Francia). Van a ganar premios por doquier.
Todas las obras de Alto Teatro han logrado galardones. La estrenan en El Bunker, aquella vez con 23 actores y actrices (el “Turco” Jamarlli, incluido). Luego van a quedar solo 10 para girar y girar como trompo.
Entonces son: Édgar y Freddy Chipana, Carlos y César Zárate, Fernanda Barral, Carmen Tito, los tres Mamani/hermanos (María, José y Erwin) y Verónica Paye. Ya están todos lo que son.
Antes de Peligro nadie toca ningún instrumento. Aparece un clarinete olvidado. Compran más instrumentos, invierten en ellos mismos para crecer/creer.
Hay apetito voraz por aprender, por encontrar la nota. No nace primero el texto, en los orígenes está la música.
Lo más obvio, lo más facilón es pensar en morenadas, cuecas, acaso tinkus. Kusturica. Balcanes. Gitanos.
Es el mismo quilombo, han dado con la tecla.
Algunos terminan siendo capaces de leer partituras. Van a hablar de ellos mismos, de cómo sobrevive un artista en el mundo esclavizante del trabajo.
Todavía se divierten harto cuando la reponen, aún son funambulistas en peligro. “¿Por qué si en vez de pegar a los tambores, los tocamos?”.
Nace Alto Teatro Batucada, el grupo be, los de medio tiempo. Aprenden a tocar y bailar a la vez. Traen tambores de Argentina, otros de Brasil.
Al día de hoy, son más de 20. Van de negro, todos de negro, son los “All Blacks” del teatro boliviano.
La “haka” es ahora alteña. Ahora ellxs sacan la lengua para meter miedo, para ser vistos y escuchados.
Eterna tiene esta primera línea: “La madre ha muerto hace cinco miserables días”.
Son, en un principio, Carmen Tito, Mariela (“Sasha”) Salaverry Vicente, Cintia Cortez y Alejandra Quiroz con la argentina Francisca Osella de madre.
¿Esconden las hijas sus pecados para siempre?
Chipana ve a un tipo en la tele.
Es un malo de verdad, un psicópata. Confiesa sus horrores, sus crímenes y dispara ante la cámara, ante nuestros ojos: “Ustedes me han creado, ustedes nos necesitan”.
Chipana se queda un mes pensando. Y después escribe Ratas (2019).
Es la primera vez que se va a quedar solo en escena. Él concibe los espectáculos, los dirige, se reserva muchas veces un papel.
Su estilo es poderosamente visual. Ahora es el grupo el que tiene que lidiar no con un director exigente (no perdona la mediocridad) sino con un actor ante el reto mayor.
Recuerda unas palabras de Achirico, Lucas: “el monólogo es una tesis, hay que tener miedo”.
En la escena, no hay refugio. Cambia el texto mil veces. La noche anterior al estreno en Chile no puede dormir. Tiene pavor a quedarse ciego, a engañarse.
Ratas también nos habla a todos: ¿somos gatos/dioses o malditas ratas?, ¿vivimos en el paraíso o sobrevivimos en el averno?
A Chipana, muchos meses después alguien le confiesa: eres un pitoniso, tus obras ven el futuro.
Esos gatos y esos ratones chocaron de golpe en las calles. Otra vez nos comemos los unos a los otros. Los unos siempre son los mismos, los otros, también.
El teatro político de Alto Teatro devela. Cuando llega la pandemia del coronavirus, el estreno de Basura se postpone “sine die”.
No quieren hacer un Peligro dos. Esta vez parte del texto. Una señora busca en la basura del muladar K’ellapata para alimentar a sus perritos de la calle.
Es el disparador para las interrogaciones: “¿Alguna vez te han tratado como basura? ¿Existe esperanza/riqueza en la basura?”
En Alto Teatro no hay nada masticado, chau complacencia. Quieren llegar al público de otras maneras.
Chipana vive con su hermano en la 16. Los jueves y domingos a la noche, cuando la Feria se hace gas, solo queda basura.
Lleva 30 obras escritas. Han querido publicarlas pero la plata no alcanza. Se han dado cuenta de que hay personajes (y temas) que viajan a través de los textos.
Son raíces, estelas, nexos, hilos. Son esos perros negros y callejeros que vienen y van, que se despiden antes del fuego.
“No nos vamos a prohibir nada”. Esa es la única consigna para el porvenir. Chipana seguirá trabajando con otros grupos y producciones teatrales.
Lo ha hecho con Grito (en Dime que me amas), con los argentinos Nueva Escena (en Respiro y Suspiros de ausencias), con los tarijeños Itaú (en Monumentos), con A Lu-k (en Hambre), con Phajsi Teatro (en Reflejos), con las Koris Warmis (en Deja vu), con Macondo Art (en La duda), con El Demoledor (en La noche del viernes de Jaime Saenz).
Lo seguirán llamando desde el extranjero (“en Bolivia hay montajistas pero nos falta dirección de actores”).
Como lo reclamaron desde Uruguay para hacer Uz, el pueblo de Gabriel Calderón o desde Chile para montar La niña libélula y el secreto del colibrí. Ahí se trata de desaprender, de dar nuevas formas.
La muchachada de Alto Teatro seguirá girando por el mundo y repetirán en festivales internacionales.
Como el Fintdanz de Iquique, el Relevos de Jujuy, el Zicosur de Antofagasta, el Carnavalón de Arica, Filo de Londrina, las Temporales Teatrales de Puerto Montt, el Fiteca de Ilo, el Festival Solidarités francés…
Alto Teatro tiene en lista de espera —al menos— cuatro obras.
Pronto llegará Infinita locura, producción de Ariel Vargas del espacio Tía Ñola de Santa Cruz; Cholet; un monólogo sobre el encierro y la pandemia llamado En no sé dónde y Las mariposas en el fin del mundo.
El teatro del grupo se da la mano con el teatro de autor (las imágenes poderosas con la palabra evocadora) pero la dramaturgia más importante es la del actor/actriz que solo puede volar cuando el espectador lo ve/siente volar sin muletas.
Son las cosas mágicas/imposibles, las cosas que (nos) hacen bien.

La gestora Gabriela Durán explica el proceso del libro que se lanzará para celebrar los 10 años de esta propuesta de economía creativa
Por Gabriela Durán / 16 de octubre de 2022

Por El Papirri / 23 de octubre de 2022

El concierto y el libro ‘¿Me da permiso por favor?’, de Nicolás Suárez, se presentarán el 30 de octubre en el Teatro Nuna
Por Miguel Vargas / 23 de octubre de 2022
El músico y escritor Pedro Pablo Siles recorre las facetas …
Por Pedro Pablo Siles / 30 de octubre de 2022
Grupos de choque de la Unión Juvenil Cruceñista se movilizan, …
Nacional | Por Antonio Dalence / 29 de octubre de 2022
Ambas instancias piden una investigación por el avasallamiento que sufrieron …
Nacional | Por Antonio Dalence / 29 de octubre de 2022
El Sernanp destacó que la cifra de liberación de este …
La Revista | Por AFP / 29 de octubre de 2022
© 2020 La Razon Bolivia

source

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *