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BOLIVIA

Tráfico ilegal de mercurio en Bolivia – Pagina Siete

Luego del secuestro de periodistas en Las Londras y el asesinato de tres oficiales en el Urubó, los bolivianos hemos empezado a reconocer la sombra que creció alrededor nuestro esta última década: El narcotráfico. Activistas ambientales hemos aprendido de a poco sobre estas redes delincuenciales a medida que vemos su impacto en áreas protegidas, y en ese proceso hemos encontrado aún más irregularidades que deben ser reconocidas, debatidas y sancionadas a nivel nacional si queremos verdaderas soluciones. El narcotráfico conlleva otras redes de crimen organizado, y una aún menos conocida es el tráfico ilegal de mercurio que es abundante en nuestro país. Sin embargo, es muy poco lo que se conoce o hace sobre el tema en Bolivia.
Para entender las implicaciones del tráfico de mercurio, debemos empezar por entender su uso y manejo. El mercurio es un metal capaz de disolver muchos otros metales como el oro, plata y aluminio (por lo cual no se lo permite en aviones). En su condición estándar, como lo solemos ver en el termómetro, se encuentra en estado líquido, de color plateado y sin olor, que al derramarse es difícil de recuperar ya que se divide en gotas pequeñas. Cuando se calienta se convierte en un gas sin olor ni color, motivo por el cual puede causar intoxicación por respiración sin que lo detectemos a simple vista. Esto basta para imaginar lo complicado que es su manejo o recuperación cuando es usado al aire libre.
En Bolivia el mercurio se usa principalmente para la minería de oro “artesanal”, aunque el nombre no debe confundirnos ya que hay más de 1,200 cooperativas de oro solo en el departamento de La Paz. Se utiliza este metal líquido para separar oro de las rocas o sedimentos en los que se encuentra. Al adherirse al oro, formando una amalgama, el mercurio permite su identificación y separación manual de forma más rápida. Posteriormente esta amalgama se calienta para evaporar el mercurio y obtener oro puro, este último proceso generando gases tóxicos que debido a la informalidad y precariedad de estos procesos ilícitos casi nunca son controlados.
Se necesitan de tres a cinco toneladas de mercurio para producir una tonelada de oro. Lo curioso en Bolivia es que nuestras cantidades de importación de mercurio no corresponden con la cantidad de oro que supuestamente producimos. Por ejemplo, el 2020 se registró la importación de 165 toneladas de mercurio, mientras que nuestra producción de oro solo fue de 23 toneladas, 32 menos de las correspondientes. Nos queda la pregunta: ¿A dónde van estas decenas de toneladas de mercurio restante que ya ingresaron al país? Cabe recalcar que Bolivia es uno de los pocos países de nuestra región que no regula la importación de mercurio, dado que esta actividad ha sido prohibida o restringida internacionalmente.
Los datos apuntan a que Bolivia distribuye mercurio a otros países en la región dada la falta de control gubernamental de esta sustancia. La Fiscalía del Perú informó el 2020 que había rastreado la entrada ilegal de mercurio a su país desde Bolivia en botellas plásticas de yogur, agua y soda, entre otros productos. De igual forma un estudio del CEDIB llamado “El negocio del mercurio en Bolivia” detalla cómo algunas de las empresas importadoras de mercurio en Bolivia tienen socios en el Perú que tienen antecedentes de narcotráfico. Traficar mercurio puede generar mayores ganancias económicas que el mismo tráfico de drogas, precisamente por lo peligroso que es. Denuncias semejantes han llevado a que tanto la ONU como la CIDH cuestionen públicamente al gobierno boliviano por el destino de tan alta importación de mercurio, incluso recalcando que la cantidad se ha cuadruplicado en la última década.
No ha habido intentos de regular esta actividad desde el gobierno de Luis Arce. La senadora Cecilia Requena es de las pocas figuras políticas que han intentado traer este tema a discusión, pero la misma Aduana le admitió que no se controla la importación ni comercialización de mercurio en Bolivia. Tal inacción continúa también por la falta de presión de la misma ciudadanía boliviana al respecto. Nuestro silencio, sea desde el miedo o la ignorancia, debe convertirse en denuncias y rechazo tanto al narcotráfico como a otros mercados ilícitos que conllevan daños a nuestra sociedad y medioambiente. El mercurio que hoy envenena nuestros ríos también sustenta y fortalece redes delincuenciales que, cada vez más, terminan apoderándose de territorios y hasta partidos políticos en
Bolivia.

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