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BOLIVIA

Un eterno día laboral – Opinión Bolivia

Solo hace un año parecía que el trabajo, finalmente, podría coexistir con nuestra vida doméstica, e incluso, con nuestros momentos de ocio. Así como la COVID-19, el ámbito laboral parecía reproducirse sin control, colándose en las plantas de nuestros zapatos para invadir nuestras salas, camas y cocinas. Algunos veían el lado positivo de concentrar en un solo lugar varias “tareas” y así evitar perder tiempo desplazándose a otro lugar para hacerlas, grave error. 
Sin embargo, ante el colapso del managmet y la crisis de Recursos Humanos, había una sensación de cierta libertad y, si se quiere ser más romántico, una modesta y tímida rebeldía contra el sistema laboral tradicional y sus horarios. Los horarios empeoraron, pero al menos nos liberamos del espacio, ese que aún hoy tiene mecanismos para generar cohesión (y también coerción): el marcado, lo horarios, el manual de funciones, la hora de almuerzo, etc. El boom del teletrabajo, apurado por la pandemia de 2020, esta idea posmoderna, creativa y con pretensiones de ser horizontal, también necesitaba ciertas reglas (más allá de lo que el trabajo en sí mismo demandaba), y al improvisarlas rápidamente se hizo igual de agotador que la forma tradicional y también más caótico. Filósofos pop como Byung-Chul Han hablaban de la auto explotación laboral. Se trabajaba más, no solo ya por la remuneración, ya sea económica o de estatus social, cultural o político, se trabajaba más para huir del trabajo, para ganar tiempo, para recuperar el tiempo, pero era una huida en reversa. Hoy, esta aventura es solo una opción, tal vez una tendencia en algunos países, pero definitivamente nunca se terminó de establecer.
El trabajo, ese trabajo de ocho horas, el de estamentos y oficinas, el de burocracias y reuniones, es sin duda un entramado de poder en muchas dimensiones, es también una identidad, una cultura y una forma de ser como sociedad, todo eso es más importante que el objetivo del trabajo en sí mismo. Este trabajo necesita de un espacio físico para que funcione así, aún no hay un mecanismo virtual que controle tan bien a un empleado como el escritorio, que no es solo un accesorio. Pensar que estábamos superando eso, que habíamos dejado algunos modos del capitalismo del siglo XX, fue ingenuo.
Severance, la nueva serie de Apple TV +, creada por Dan Erickson, revisó El proceso de Franz Kafka, adaptado por Orson Wells, el Eternal Sunshime de Charlie Kaufman, el humor de The office, la iniciativa DHARMA de Lost, agregó la paranoia ciberpunk de Mr. Robot, y claro, algunos ensayos de Michel Foucault, para hablar de estos espacios laborales y la urgencia de ser eficientes y al mismo tiempo escapar, todo a través de uno de los guiones más creativos que he visto en los últimos años. Severance arranca como el sueño perverso de un relacionista público, el anhelo mal sano de un gerente o la tesis de un administrador de empresas con severos rasgos de sociopatía. La premisa es clara y contundente desde el título y la intro ¿qué pasaría si pudieras separar en tu mente, el tiempo y el espacio de trabajo y tu vida fuera de él? El vehículo de la trama, eso sí, algo más trillado: una corporación misteriosa y perversa, Lumon Corp., propone ese plan/servicio a una sociedad distópica y aparentemente futurista. Los interesados, voluntariamente, se someten a un procedimiento médico/administrativo que literalmente parte en dos la conciencia del trabajador, creando dos personas distintas que desconocen su existencia mutuamente, solo se imaginan, el yo intus trabajando en el sótano de Lumon, y el yo exus, fuera, viviendo una aparente normalidad.
¿Amas tu trabajo?, ¿en realidad no es trabajo porque te gusta?, pasando por alto estas excentricidades, partamos del hecho que un trabajador promedio, que se ve obligado a pagar deudas o simplemente intenta mejorar su estatus social, no le parecería mala idea “desconectarse” del trabajo y trabajar al mismo tiempo, olvidar el trabajo y vivir solo el momento posterior de aparente libertad a partir de las 6 de la tarde, ocuparse de su familia, amigos, hobbies o, mejor dicho, lidiar con un problema de los dos más grandes: existir y luego sobrevivir. A su yo del trabajo le tocaría lo más pesado, esa conciencia separada también haría su parte, lucharía por premios al final del mes, aumentos de sueldo y asensos, en un eterno día laboral. Pero qué pasa cuando el trabajo no es lo que uno imagina, y la vida fuera de él es un desastre.
Severance ahonda poco a poco en un sinfín de contradicciones en base a esas premisas y reflexiones casi existenciales, que se equilibran de manera brillante con la intriga, el drama, e incluso, algunos rasgos de comedia. Estas virtudes se sostienen, entre otros elementos, por su elenco. Adam Scott, conocido actor de series, debe interpretar a dos personajes que en realidad son uno solo, algo que resuelve con la misma sutileza y eficiencia que su diseño de producción, tema que vale la pena hablar aparte. John Turturro y Christopher Walken logran darle pasión y fuerza a una historia en segundo plano que se desarrolla en medio del aséptico entorno de la Corporación Lumon. Una siempre interesante Patricia Arquette va evolucionando de a poco, de ser casi una caricatura de jefa déspota, a complejizar y llenar de capas a su personaje. Pero Britt Lower, actriz no muy conocida, vista usualmente en series, en el papel de Helly es, sin duda, uno de los mejores fichajes, tal vez su interpretación no sea tan sutil y llena de detalles con la de sus colegas, pero la intensidad con que logra encarnar el descenso de su personaje al infierno de los archivos, sellos y manuales de función es un contraste superlativo pues además ella funciona como nuestros ojos. 
El diseño de producción para ambientar las oficinas del sótano de la Corporación Lumon es posiblemente lo primero que destaca. Da para estudiar más a profundidad cómo se utilizó y mezcló la estética de varias épocas. En la mueblería y artefactos tecnológicos, por ejemplo, coexisten intercomunicadores de los 70 junto a cámaras mini DV de los 90 y DVD de principios de este siglo, sus ordenadores parecen una mezcla de consola ATARI con las primeras IMac personales. Los cubículos minimalistas apenas ocupan el espacio de enormes salas comunicadas por estrechos y extensos pasillos, desprovistos casi por completo de adornos, salvo uno que otro cuadro o repisas empotradas con el manual corporativo, la biblia de Lumon, el ambiente es casi religioso. El uso de tecnología de finales del siglo XX como algo vintage no nos distrae del objetivo central de la trama, es decir, no solo es un alarde visual y estético lo que impresiona de entrada, todo eso va encajando bastante bien con la evolución dramática de cada uno de los personajes. El espacio, como otro personaje, dialoga con las emociones y ánimo de cada uno. 
Si hablamos de series anglosajonas, las dialogadas, de tono realista y enfocadas íntegramente en los personajes, tenemos en estos últimos años muchas de las mejores historias, Succession, Better Call Saul, Barry u Ozark, han sobreexplotado la formula del hombre blanco clase media (con personajes femeninos peleando el protagonismo) expuesto a situaciones límite que, paradójicamente, le hacen levantar la cabeza y rozar las aristas del poder de alguna forma, o el personaje excesivamente poderoso que pone en tela de juicio todos nuestros convencionalismos sociales y baja finalmente a la tierra para embarrarse en el fango de mediocridad, historias usualmente ligadas a problemas sociales como el narcotráfico, la marginación de las minorías, la política, entre otros tópicos fascinantes. Severance se nutre de eso, pero lleva el cauce de ese río, por ahora, hacia rumbos un tanto distintos, aunque podría fácilmente volver a su fuente original. Por ahora el realismo no es importante, el mundo de Lumon es una hipérbole del mundo corporativo, en cambio, reflexionar sobre nuestra existencia en esa posible realidad sí es importante. Si bien el protagonista es un hombre blanco de clase media, su historia ha dado paso, poco a poco, a una narración coral, en la que otros personajes de perfiles más interesantes tienen su tiempo y espacio para crear una trama nutrida e interesante. Eso sí, el poder está siempre presente y la dimensión política es planteada desde una perspectiva refrescante. 
Severance empezó con muchísimas preguntas, y tuvo el acierto de ir resolviendo algunas de las más importantes, al mismo tiempo que generaba nuevos giros. Tal vez el guion escrito por Dan Erickson y co-dirigido brillantemente por Ben Stiller ha sido muy generoso en responder preguntas importantes que plantea en los primeros episodios y puede caer presa de su propia premisa creativa, ¿hasta dónde puede llegar la Corporación Lumon y los personajes que intenta controlar, sin que la gran metáfora construida empiece a parecer absurda, o empiecen a generarse inconsistencias en el argumento?, tal como pasó con Mr. Robot o Lost, pero eso es adelantarse demasiado. Por ahora, la primera temporada basta y sobra, las preguntas también, podemos seguir haciéndolas de camino al trabajo.   
Opinión

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